NAZIM HIKMET

EN LA ESTELA DE NÂZIM HIKMET

EN LA ESTELA DE NÂZIM HIKMET

 

Para Nâzim, el mundo hispánico tuvo dos polos de atracción: la guerra civil española y la revolución cubana. Como tantos otros artistas y escritores de la época, el poeta se identificó con la causa de la República durante la guerra civil española. De entonces data su largo poema titulado «Viaje a Barcelona en el barco del desafortunado Yusuf», cuya última parte «Nieva de noche», escrita el 25 de diciembre de 1937, evoca la defensa del Madrid republicano.

 

Cuando, en 1950, tras purgar una pena de más de 13 años de prisión ininterrumpida en las cárceles de su país, el poeta consigue su libertad y, poco después, parte clandestinamente al exilio, conoce a otros poetas, comunistas como él, que también habían mostrado su solidaridad con la República española y ahora participan activamente en el Movimiento por la Paz, auspiciado por la Unión Soviética en aquellos años de guerra fría, pero en el que colaboraban de buen grado numerosos intelectuales y artistas, desde los esposos Curie hasta Pablo Picasso pasando por Louis Aragon, Sartre, Diego Rivera, Arnold Zweig...

 

Nicolás Guillén, nacido el mismo año que Hikmet, dedicó varios artículos al poeta: en el periódico Hoy, uno con ocasión de cumplir este 62 años (su frágil salud hacía que sus cumpleaños adquirieran una relevancia especial), y otro con motivo de su muerte al año siguiente. En Páginas vueltas, las memorias que Guillén escribió al final de su vida, dedica un afectuoso recuerdo a su «hermano» turco:

 

La primera vez que yo fui a la Unión Soviética, entre las muchas personas a quienes conocí, me hizo una muy agradable impresión el poeta Nâzim Hikmet, hoy fallecido. Era un hombre alto, rubio, aguileño, de ojos azules, muy simpático. Se expresaba en ruso y francés con la mayor seguridad, y mantenía un tono risueño y jovial en la conversación. Todo el mundo lo llamaba Nâzim a secas, y de todo el mundo era querido y admirado. Cuando el II Congreso de escritores afroasiáticos, él y yo coincidimos en El Cairo, donde él representaba a su país, o mejor dicho, a su pueblo.

Una noche, la noche en que Nasser ofreció a las delegaciones un portentoso agasajo en el Palacio Imperial, me encontré a Nâzim, que iba acompañado de su esposa, una mujer muy bella y joven. Yo lo bromeé con este hecho, dirigiéndome a la dama y diciéndole con fingida ingenuidad: «Veo que su papá goza de muy buena salud». Ella rió de buena gana, y él también, claro, pero no sin decir: «Este hombre es un bandido, un negro pirata de las Antillas».

Nos veíamos con frecuencia, sobre todo cada vez que yo iba a Moscú. Las anécdotas en relación con él me vienen a la mente. Una tarde llegué yo a su casa, o mejor dicho, a su departamento de soltero, pues aún no se había casado entonces, y lo vi muy atareado haciendo una maleta, sin duda en vísperas de viaje. De repente me dijo: «Mira, tengo esto para ti», y me mostró un pedazo de papel verde. «A mí no me sirve para nada, a ti seguramente pienso que te vendrá muy bien», añadió. Era un billete de cien dólares. Claro que él sabía que «este papel» era convertible en rublos, pero pienso que hizo eso para que yo no careciera de algún dinero en un país extraño.

¡Pobre Nâzim! Él estuvo en Cuba por los años sesenta y se le dio un homenaje muy simpático y numeroso en la UNEAC. Sin embargo, me dijo que no podía soportar nuestro clima, el cual le ocasionaba muy riesgosos trastornos cardiacos.

 

Su breve estancia en Cuba (hubo de acortarla, pues su corazón se acomodaba mal con el clima de la isla) no pasó desapercibida: participó en multitudinarios encuentros en la UNEAC, lo entrevistaron en televisión, y el periódico Revolución le dedicó un amplio artículo-entrevista en el que el periodista trata siempre de ir más lejos que Nâzim en su idílica visión de la revolución castrista y en cuyas fotografías se distingue a un hombre sudoroso y cansado, como él mismo reconocía, pero que no quiso morir sin conocer la revolución cubana, a la que quería dedicar «un poema-reportaje».

Pero quien más escribió sobre Hikmet fue Pablo Neruda. Ya lo hizo antes incluso de conocerlo personalmente, cuando, pocos meses después de salir de la cárcel, el gobierno turco impidió su asistencia a la ceremonia de entrega de los premios mundiales de la paz, en noviembre de 1950 en Varsovia:

 

Quiero rendir un homenaje a mi hermano en poesía Nâzim Hikmet. Ojalá hubiera estado con nosotros. Su poesía ha sido para todos un gran manantial hecho de noble agua que canta y de acero que corre hacia el combate. Su largo cautiverio nos hizo agigantar su palabra hasta hacerla una voz universal. Mi obra de poeta se enorgullece de estar junto a su poesía en esta alta hora de lucha por la paz.

 

El propio Neruda fue uno de los galardonados. Cuatro años después, en una conferencia que dictó en la Universidad de Santiago de Chile, hizo una entusiasta semblanza del poeta, que se iniciaba con estas palabras:

 

Entre mis nuevos amigos de allá lejos quiero hablarles del poeta turco Nâzim Hikmet. Nunca verán ustedes este nombre en las extrañas revistas culturales que aquí leemos. Sin embargo, es el primer poeta, el poeta nacional de su patria, Turquía. Yo lo considero como uno de los más grandes poetas vivos.

 

En un artículo de la revista Viajes, publicado en 1955, Neruda relata la odisea carcelaria del poeta:

 

A Nâzim lo acusaron de querer sublevar a la marina de su país, y lo condenaron a todas las penas del infierno. Lo juzgaron en un barco de guerra. Me contaba cómo lo hicieron andar alrededor del barco, hasta fatigarlo, y luego lo metieron en el sitio de los excusados, en que las letrinas y los excrementos se levantaban medio metro sobre el piso. Entonces mi hermano, el poeta, se sintió desfallecer, la pestilencia lo hacía tambalear. Pero pensó: los verdugos me están observando desde algún punto, quieren verme caer, quieren contemplarme desdichado. Y entonces sus fuerzas resurgieron, encendió un cigarrillo y comenzó a cantar, en voz baja primero, en voz alta después y luego con toda la garganta. Y así cantó todas las canciones, todos los versos de amor que recordaba, y todos sus poemas y todas las canciones de los campesinos y de las luchas de su pueblo. Cantó todo lo que sabía. Y así triunfó de la pestilencia y del martirio6.

Ese mismo año, en la revista Aurora, refiere, con su habitual tono elegíaco, otra circunstancia dramática de la vida del poeta, el imposible reencuentro con su mujer y su hijo durante los primeros años de su exilio en Moscú:

Encontré a Nâzim Hikmet siempre resuelto y vibrante, una intensa preocupación velaba sus ojos claros. Desde hace años, en el exilio, escapado de las prisiones de Turquía, acogido por el amor y la admiración de la cultura soviética, devora al gran poeta una inquietud terrible. Después de quince años de presidio en las inhumanas prisiones turcas vivió el idilio enhebrado desde la cárcel, alcanzó a casarse y a ver nacer a su hijo antes de escapar milagrosamente de los verdugos que lo buscaban de nuevo, esta vez para sentenciarlo a muerte. Pero a su mujer y a su hijo no los dejan salir de Turquía. Se han hecho muchas gestiones, pero hasta ahora todo ha sido en vano. Hace poco supo la última noticia. Su propia mujer había ido a pedir su salida al ministro del Interior y éste le había respondido en esta forma: «No saldrás de Turquía, ni tu hijo tampoco. Queremos que él sufra y muera de no estar con ustedes. Tú lo seguirás a la tumba poco después y este niño quedará en nuestras manos para que lo enseñemos a odiar a su padre».

 

En su poemario Las uvas y el viento le dedicó un largo poema: «Memorial de estos años. Aquí llega Nâzim Hikmet»; y en 1963, tras la muerte de Hikmet, se referirá en varias ocasiones, con emoción, a su amigo y camarada recién desaparecido, como en el discurso que hizo el 29 de septiembre de 1973 en el parque Bustamante de Santiago de Chile, pero quizá su texto más emotivo sea el poema «Corona de invierno para Nazim Hikmet», publicado al conocer su muerte:

 

Por qué te has muerto, Nâzim? Y ahora qué haremos sin tus cantos? Dónde encontraremos la fuente? Dónde estará tu gran sonrisa, esperándonos?

Qué vamos a hacer sin tu postura, sin tu ternura inflexible?

Dónde

encontrar otros ojos que como los tuyos contengan el fuego y el agua

de la verdad que exige, de la congoja que llora y de la alegría valiente?

Hermano, me enseñaste tantas cosas que si las deshojara

en el amargo viento del mar, a manos llenas,

tal vez se irían y caerían como la nieve allá lejos,

en la tierra que escogiste en la vida, que ahora te acoge

también en la muerte.

Un ramo de crisantemos del invierno de Chile,

la luna fría del mes de junio de los Mares del Sur

y algo más: el combate de los pueblos, del mío,

y el redoble apagado de un tambor de luto en tu patria.

Hermano mío, soldado, qué sola es la tierra

para mí desde ahora

sin tu rostro que florecía como un cerezo

de oro,

sin tu amistad que fue pan de mi boca,

agua de mi sed, fuerza para mi sangre!

De tus prisiones que fueron como pozos sombríos,

pozos de la crueldad, del error y del dolor

te vi llegar y aceché en tus manos la huella

del castigo, en tus ojos busqué la espina del odio,

pero lo que traías era tu corazón radiante,

tu corazón herido sólo traía luz.

Y ahora?, me pregunto. Déjame ver, pensar,

imaginar el mundo sin la flor que le dabas.

Imaginar la lucha sin que tú me demuestres

la claridad del pueblo y el honor del poeta.

Gracias por lo que fuiste y por el fuego

que tu canción dejó para siempre encendido.

 


En España, son varios los poetas que se declaran deudores o próximos a la poesía de Nâzim Hikmet.

Quien con más constancia la ha reivindicado ha sido, sin duda, Antonio Gamoneda, que desde muy pronto se interesó por la poesía de Nâzim Hikmet, un poeta con el que compartía inquietudes sociales, políticas y estéticas, y cuya propia vida —sus largos años de privaciones en las cárceles de su país— lo acercaba a ese dolorido mundo de la posguerra que Gamoneda había conocido durante su infancia de niño pobre en los arrabales de León.

Hay un libro clave en la producción de Gamoneda donde la influencia del poeta turco es patente. Se trata de Blues castellano —escrito entre los años 1961 y 1966, pero, prohibidos por la censura muchos de sus poemas, no fue publicado en su totalidad hasta 1982—, que el propio autor reconoce deudor de dos influencias clave: la del poeta Nâzim Hikmet y del blues negroamericano: «Yo escribí (traduje, ya diré cómo) spirituals en castellano, y yo puse en mi lengua (también diré cómo) a Nâzim Hikmet. Sin este trabajo, creo que no habría existido mi blues».

 

Del interés de Gamoneda por la poesía de Nâzim Hikmet son buena prueba los poemas que de él tradujo por aquellos años en la revista Claraboya, reivindicados por su traductor/escritor en numerosas ocasiones, no solo en los artículos que sobre su propia poética reunió en El cuerpo de los símbolos, donde vuelve a insistir en que «Blues castellano tiene unos padres... Yo hice este libro dominado por dos fuerzas poéticas... el poeta turco Nazim Hikmet y las letras de los cantos negroamericanos», sino en la reciente edición de su poesía reunida, donde con el sugestivo título de «Mudanzas» recoge de nuevo estos poemas, con los blues y otros de Mallarmé, Plinio, Dioscórides, Trakl...

 

Las «mudanzas» de Gamoneda de los poemas de Hikmet están hechas a partir de la primera antología en francés que en Europa se conoció del poeta turco, obra de Hasan Gureh, publicada en Francia en 1951, apenas un año después de su liberación. Los poemas elegidos son «Domingo», de 1938; «El gigante de los ojos azules», de 1933; tres «Rubáiyátas», de 1945; «Don Quijote», de 1947; y «Angina de pecho», escrito en abril de 1948 tras sufrir el poeta uno de sus primeros infartos. Lo que la poesía de Hikmet proporcionó a Gamoneda fue, en palabras de éste, «la certificación de que la poesía no es social ni poesía si no se hace en un lenguaje de la especie poética» y no lecciones «en materia de ideología o de conducta ciudadana».

 

Y añade: "si la expresión del sufrimiento no produjese placer, yo habría respetado mucho a Nâzim, pero no habría gastado mi tiempo tratando de sentirle en mi lengua".

La relación entre la poesía de Nâzim Hikmet y Blas de Otero fue puesta de manifiesto por Víctor García de la Concha, quien en su estudio sobre La poesía española de 1935 a 1975 escribe:

Como poeta, Blas de Otero se siente simple «eslabón de una cadena» que, reléase el soneto «Ayer mañana», va desde el cancionero popular «la primera palabra está escondida/ en la boca del pueblo...» a Nâzim Hikmet, pasando por Fray Luis, Quevedo, Rosalía, Machado, Vallejo...

Blas de Otero —además de citar a Hikmet en el poema inédito, dedicado al poeta búlgaro Nicolai Vaptzarov, que publicó en el número de la navidad de 1960 en Papeles de Son Armadans, en cuyos últimos versos reúne «todos los nombres que llevé en las manos/ (César, Nâzim, Antonio, Vladimiro,/ Paul, Gabriel, Pablo, Nicolás, Miguel)— dedicó al poeta turco sus «Cartas y poemas a Nâzim Hikmet», incluido en su poemario En castellano, prohibido por la censura. Cuando más de diez años después intentó burlar a los censores con la publicación de su antología Expresión y reunión, estos volvieron a suprimir el poema dedicado a Nâzim Hikmet:

 

CARTAS Y POEMAS A NÂZIM HIKMET

 

Puesto que tú me has conmovido,

en este tiempo en que es tan difícil la ternura,

y tu palabra se abre como la puerta de tu celda

frente al Mármara,

rasgo el papel y, de hermano a hermano, hablo contigo

(acaban de sonar)

las nueve de la noche)

de cosas que no existen: Dios

está escuchando detrás de la puerta

de tu celda,

cedida por amor al hombre: Nâzim Hikmet,

quédate con nosotros.

 

Que tu palabra entre entre las rejas de esta vieja cárcel

alzada sobre el Cantábrico,

que golpee en España

como una espada en el campo de Dumlupinar,

que los ríos la rueden hacia Levante y por Andalucía se

extienda

como un mantel de tela pobre y cálida,

sobre la mesa de la miseria madre.

 

Te ruego te quedes con nosotros,

es todo lo que podemos ofrecerte: diecinueve años

perdidos,

peor que perdidos, gastados,

más que gastados, rotos

dentro del alma:

ten

misericordia de mi espuria España.

 

Nunca oíste mi nombre ni lo has de oír, acaso,

estamos separados por mares, por montañas, por mi

maldito encierro,

voluntario a fuerza de amor,

soy sólo poeta, pero en serio,

sufrí como cualquiera, menos

que muchos que no escriben porque no saben, otros

que no hablan porque no pueden, muertos

de miedo o de hambre

(aquí decimos A falta de pan, buenas son tortas, se cumplió)

 

pero habla, escribe tú, Nâzim Hikmet,

cuenta por ahí lo que te he dicho, háblanos

del viento del Este y la verdad del día,

aquí entre sombras te suplico, escúchanos.

 

 

El año 1961, amigos comunes prepararon una cita entre Nâzim Hikmet y Blas de Otero, que debían encontrarse frente a las puertas de St. Germain des Près, en París. Sin embargo, aquella mañana, Otero, que se encontraba bajo los efectos de una de sus depresiones, no acudió y envió a Tachia a disculparle ante el poeta turco.

 

Ese mismo año, el Consejo Mundial de la Paz, presidido por Nâzim Hikmet, concedió la medalla de oro de la Paz a los presos políticos españoles. No es de extrañar, por tanto, que dos poetas como Hikmet y Marcos Ana, de experiencia vital tan próxima se conocieran —el poeta turco había salido de la cárcel diez años antes tras una huelga de hambre que había puesto en peligro su vida y consumir en prisión trece años de su vida, y el poeta español conocía la libertad veintitrés años después de haber sido encarcelado y condenado a muerte al concluir la guerra civil, cuando apenas contaba con diecinueve años—. En junio de 1973, con ocasión del décimo aniversario de la muerte de Nâzim Hikmet, tuvo lugar en París un coloquio al que fue invitado Marcos Ana. De su intervención entresacamos las siguientes palabras:

 

Si el hecho de haber pasado 23 años en una prisión me diera cierta autoridad ante ustedes, aunque sea una autoridad un tanto triste, querría utilizarla hoy aquí para ofrecer el homenaje de los poetas españoles, de los poetas demócratas revolucionarios españoles, a la vida y a la memoria de Nâzim Hikmet. En la cárcel, yo no conocía a Nâzim, pero en 1961 se desencadenó en Europa una campaña por mi libertad, y un día recibí una carta que venía de la Unión Soviética firmada por diferentes poetas entre los que se encontraba la firma del poeta Nâzim Hikmet. Fue entonces cuando comencé a conocerlo; era muy difícil encontrar sus poemas traducidos al castellano; los leímos en la clandestinidad, en la cárcel; después, en 1962, cuando salí de la cárcel, me invitaron al Congreso Mundial de la Paz, en Moscú, y allí tuve ocasión de conocer y abrazar a Nâzim Hikmet. Me parece que hay en nuestras vidas muchas cosas que son parecidas. Una fraternidad terrible y hermosa a la vez.

 

En su emotivo libro de memorias Decidme cómo es un árbol, Marcos Ana relata así su encuentro con Hikmet:

 

En aquél, mi primer viaje a la Unión Soviética, en 1962, me resultó especialmente entrañable conocer al poeta Nâzim Hikmet, un año antes de su dura muerte. Fue un encuentro de los que recordaré siempre, por la densidad humana de su vida y de su obra. La bondad de sus ojos azules y su frente pensativa hablaban en silencio de las cárceles turcas en las que había pasado muchos años encarcelado.

Un gran poeta popular, de versos entrañables, una voz cálida y profunda para la paz, para el amor, para «la inmensa humanidad», un término que le gustaba utilizar con la mayor ternura.

Nos unieron enseguida historias semejantes, palabras conocidas, palabras de hambre, de piedra y de hierro, de dolor y esperanza e intercambiamos los mismos sueños urdidos en las prisiones de Turquía y España.

No conocía aún su noble y grandiosa poesía, después apresé entre mis manos, como agarraría el pan la avaricia de un hambriento, un ejemplar de su libro Duro oficio el exilio, traducido por el escritor argentino Alfredo Varela. Me invadió su poesía, abrió en mí un camino muy hondo. Lo tengo, con otros libros amados, en la mesilla de mi alcoba y me sigue desvelando muchas noches y no pocas madrugadas, porque sus versos están muy cerca de mi corazón y del corazón del mundo.

 

Y el libro concluye con esta cita de Hikmet:

 

Has de saber morir por los hombres,/ y además por hombres que quizá nunca viste,/ y además sin que nadie te obligue a hacerlo,/ y además sabiendo que la cosa más real y bella es vivir.

 

En vasco, el poeta y filólogo Gabriel Aresti publicó en la editorial Lur, con la que luego rompió, traducciones de Castelao, Bertold Brecht, Blas de Otero y Nâzim Hikmet.

En catalán, Pere Gimferrer ha destacado los evidentes puntos de contacto existentes entre la poesía de dos «proletarios rebeldes», el catalán Joan Brossa y el turco Nâzim Hikmet: «...unas similitudes curiosas con Brossa: habla cotidiana, muy pocas imágenes y basándose en los giros y la fuerza de los elementos cotidianos darlos a convertirse en elementos de poesía».

Un verso y el nombre de Nâzim Hikmet aparecen en exergo en el poema de Brossa «Sobre la vida», incluido en su poemario La porta, de 1954.

 

No solo los poetas se interesaron por la obra y la persona de Hikmet. José Caballero —figura mayor de las vanguardias del siglo pasado—, que colabor ó con García Lorca en La Barraca, fue amigo de Neruda, Alberti y Bergamín, y realizó las portadas de algunos de los libros de Gerardo Diego, Luis Rosales y Leopoldo Panero, tiene un cuadro de 1970 titulado «La larga noche de Nâzim Hikmet». Y Alberto, otra figura importante de nuestras vanguardias de la Edad de Plata, fue amigo de Hikmet durante el exilio de ambos en Moscú, como atestigua una de las fotos que cierran este posfacio.

 

Cabe decir, en conclusión, que la recepción de la obra de Nâzim Hikmet en España fue relativamente tardía y no es casual que fuera conocido a través de sus traducciones al francés, como hemos visto en los casos de Gamoneda, Otero y Marcos Ana. No obstante, se benefició de la presencia en nuestro país de Solimán Salom, un ciudadano turco de origen sefardí afincado en Madrid a quien se debe la primera antología de poetas turcos contemporáneos publicada en español durante la excelente primera etapa de la colección Adonais de poesía, pero también la primera biografía rigurosa publicada en el mundo sobre Hikmet y una interesante antología de poemas que ha conocido varias reediciones y fue la que, verdaderamente, dio a conocer al poeta en España, junto a las que ya circulaban en la América hispana desde dos décadas antes, a raíz de las primeras traducciones al francés, en particular Duro oficio el exilio, publicada en 1959 por la editorial bonaerense Lautaro, reeditada en 1975 por el Instituto Cubano del Libro y en 1976 y 2002 por Batlló en Barcelona. Previamente, en Buenos Aires había aparecido una breve antología; en 1961, con ocasión de la visita de Hikmet a La Habana, la librería La Tertulia había publicado La miel de la esperanza y otros poemas precedidos de un mensaje a los poetas, y en 1964 Ariadna había editado, también en Buenos Aires, Leyenda de amor, pieza en tres actos y cinco cuadros. Como puede apreciarse, la poesía de Nâzim Hikmet recibió inicialmente una más amplia acogida en América. Mientras en España la dictadura hacía imposible, como en su propio país, que se publicara su poesía, en América los vientos revolucionarios que soplaron al calor de la Revolución cubana y los breves paréntesis de libertad que se produjeron permitieron una más amplia difusión de su obra durante la segunda mitad del siglo pasado.

 

POSFACIO DE FERNANDO GARCÍA BURILLO A LA EDICIÓN DE POEMAS FINALES

 

Para saber más sobre Nâzim Hikmet:

 

http://nazimhikmetpoesia.blogspot.com

HAN DICHO DE NAZIM HIKMET

 HAN DICHO DE NÂZIM HIKMET

 

 

«En este siglo de nuestra vida y nuestra muerte, nos hemos acostumbrado a alzarnos de hombros cuando se habla de romanticismo. Sin embargo, todo lo que tiene grandeza en este tiempo es signo de romanticismo. Sin duda diferente al del teatro, en el que se piensa casi siempre al hablar de romanticismo. Nâzim es su ejemplo más importante.

»De esa generosidad de alma sin límites, de esa ofrenda magnífica de sí mismo, de esa facultad de entusiasmo que hace a la sombra llamear, cantar el amanecer a medianoche, que convierte en oro la paja y al hombre en un enamorado perpetuo».

Louis Aragon, «Présence de Nâzim Hikmet», Les Lettres françaises, 10-16 diciembre 1964

 

 

«Sólo lo conocíamos por sus poemas de lucha, de protesta, y eso nos basta. Nos basta que en algún lugar del mundo, como si estuviera entre nosotros, haya habido un hombre tocado de la poesía que hacía frente a los bárbaros de siempre, siempre los mismos bárbaros».

Miguel Ángel Asturias, «Nâzim Hikmet», Europe, noviembre-diciembre 1974

 

 

«La ausencia de Nâzim es tan sorprendente como su presencia, su voz.

»Por mucho que nos expliquen que está médicamente muerto, muerto realmente, tales argumentos parecen  irrisorios al lado de la imagen indeleble de reivindicación de cuerpo y pensamiento.

«Para todos los que lo conocen, la vida de Nâzim Hikmet solo puede conjugarse en presente continuo».

Abidin Dino, Il neige dans la nuit, Gallimard, París, 1999

 

 

«Es evidente que, como solo conocemos la poesía de Nâzim Hikmet a través de sus traducciones, lo que constituye su fluidez original no nos llegará. Y sin embargo, a pesar de la imperfección inherente a toda traducción, su poesía está cargada de tal potencial humano que, hasta desnuda del encantamiento del lenguaje, toma cuerpo y se mejora en nosotros con toda su frescura y resonancia afectiva».

Tristan Tzara, Poèmes de Nâzim Hikmet, Les Éditeurs Français Réunis, París, 1951

 

 

«Otros expresarán mejor que yo la fuerza y la belleza de sus escritos. Yo querría sobre todo recordar la grandeza del hombre y su indomable energía. Lo conocí cuando ya estaba enfermo y me sorprendió su voluntad de vivir y luchar. Pero lo que más me llamó la atención fue su lucidez melancólica e irónica: aquel hombre que por fin había escapado a los golpes, a la perpetua amenaza de asesinato y que se encontraba al final de su vida no descansaba como tantos otros hubieran estado tentados de hacer; era consciente de que nada estaba acabado, que tenía que continuar su lucha contra el enemigo de fuera e incluso, fraternalmente, contra los errores de dentro. En el mismo momento en que con todos luchaba por la paz, contra el imperialismo y el fascismo, alertaba a sus camaradas, en una obra de teatro que se representó en Moscú, contra los peligros de la burocracia. Vivió hasta el fin esa contradicción sin abandonar ninguno de sus dos términos: disciplina de militante y crítica de escritor. Esa tensión permanente fue la que, en los últimos años, acabó con las fuerzas que el cautiverio le había dejado. Pero también por esto sigue con nosotros hoy, como un ejemplo de lo que debe ser un hombre: amigo fiel, militante animoso y enemigo resuelto de los enemigos del hombre, (...) En resumen, que era preciso, como dice Pascal del cristiano, (...) «No dormir nunca». Nunca durmió; lo admirable es que la muerte haya sido su primer y último sueño. Pero las obras de un hombre que veló sin desmayo toman el relevo y velan por vosotros en su lugar».

Jean-Paul Sartre, «Présence de Nâzim Hikmet», Les Lettres françaises, París,10-16 diciembre 1964

 

 

«Le gustaba escuchar los versos dichos en otras lenguas y, cuando mirabas la expresión de su cara atenta, apoyada en las palmas de las manos, con los ojos semientornados, se veía hasta qué punto desearía comprender esas palabras incomprensibles, hasta qué punto deseaba que esos versos que no comprendía fueran hermosos.

»Disfrutaba enormemente discutiendo. Discutía sin parar, por todo con lo que no estaba de acuerdo. Discutía con cualquiera, pues nunca se le ocurrió mirar por encima del hombro a sus semejantes, nunca se le ocurrió que nadie fuera demasiado poco para que él, Nâzim Hikmet, entablara una discusión con él. Para él, todos los seres humanos eran hombres como él. Estaba dispuesto a amar a cada uno de los hombres y a enfadarse con cada uno de ellos».

Constantin Simónov, «Présence de Nâzim Hikmet», Les Lettres françaises, París,10-16 diciembre 1964

 

 

«Era un hombre alto, bien puesto, rubio, de azules ojos y piel rojiza, como un inglés. En lo de turco, más parecía serlo Jorge Amado —y así lo decíamos en broma sus amigos cuando ambos estaban juntos— que aquel gran cantor de Turquía —nieto de un pachá— que muere sin haber visto a su patria.

»Sin conocer palabra de su idioma, nos deleitaba y suspendía el escucharle los poemas. Eran como canciones extremadamente musicales, cuyo ritmo había tomado el poeta de la cantera popular en su país.

»¡Pobre poeta! Como Nesval [sic], el gran checo, lo traicionó el “miocardio inocente” de nuestro Rubén [Darío]. Su vida fue un ejemplo puro de humanidad y lirismo soldados firmemente, como él veía el contenido y la forma en la escritura; de acción y pasión. Quince años le tuvo el turco reaccionario en una cárcel, y allí enfermó para no curar nunca. De eso ha muerto, y del dolor de amar mucho a los suyos, a su pueblo, y de cantarlos, sin poderlos redimir».

Nicolás Guillén, Prosa de prisa, La Habana, Ed. Letras Cubanas, 1987.

 

 

«Nunca verán ustedes este nombre en las extrañas revistas culturales que aquí leemos. Sin embargo es el primer poeta, el poeta nacional de su patria, Turquía. Yo lo considero como uno de los más grandes poetas vivos.

»El pueblo turco sabe de memoria sus versos, pero su nombre no puede publicarse en Turquía. (...)

»Me gustará verlo aquí, en esta tribuna, con su alta estatura y sus ojos claros (no parece turco) recitándoles sus versos en ese idioma extraño. Los poetas orientales dicen sus versos como si cantaran.

»¿Cómo darles idea de la bondad, la entereza y la simpatía de Nâzim Hikmet? (...)

»Cerca de quince años lo tuvieron encarcelado por unos versos escritos en su juventud. Solo una huelga de hambre de muchos días y los reclamos del mundo entero le dieron la libertad.

»Me cuenta que aún ahora después de dos años de vivir en el mundo libre no adquiere aún las nociones de la llave y de la luz eléctrica.

»Se le olvidan las llaves porque durante quince años otros abrieron y cerraron su celda.

»Se olvida de apagar la luz en la noche, al acostarse, porque durante quince años durmió bajo una ampolleta encendida.

»Es el más alegre de los hombres (...)».

Pablo Neruda, fragmentos de una conferencia del ciclo «Mi poesía», publicada en La Aurora, julio 1954.

 

HABLA NAZIM HIKMET

HABLA NÂZIM HIKMET

 

«Un poeta comunista, progresista, revolucionario, el término no me interesa. Un poeta ligado al progreso de la humanidad debe crear obras de arte verdaderamente dignas de ese nombre. Sus poemas deben ser, por una parte, comprensibles para el pueblo, incluso si es analfabeto, y poder servir de fondo a la literatura futura, por otra. (...) Un poeta revolucionario es un hombre que actúa: no debe únicamente reflejar el alma de su pueblo, sino que debe darle una dirección. (...) En Estambul, escribía para que me lo imprimieran, para que me leyeran con los ojos. Pero en Anatolia comprendí que era preciso leer los poemas en voz alta, para el pueblo. (...) Entonces me dediqué a escribir poemas sonoros, con rima y expresiones populares (...).  Pero cuando estuve encarcelado, comprendí otra cosa: que se puede tener a un solo hombre por todo auditorio y, a través de él, hablar a toda la humanidad. Sin gritar: en voz baja, con una entonación muy de charla, muy íntima.

»La poesía es tan útil como el pan, la sal y el agua. (...)

»Mi oficio esencial es el de poeta. Hago teatro también y estoy empezando una novela. No existen temas específicos de la poesía, la novela o el teatro, todos los temas pueden ser tratados por uno u otro. Cuando se trata de la poesía, no hago ninguna concesión, quiero decir ninguna concesión formal. Concesiones ideológicas, las hago cuando me equivoco y digo: “tenéis razón, amigos míos”. Pero en el teatro, en la prosa, como son cosas secundarias para mí, puedo hacer concesiones formales, incluso puedo ser conformista. A veces se hacen concesiones sobre las cosas secundarias. La vida es tal que no hay que hacer concesiones en las cosas esenciales».

Fragmentos de la entrevista con Régis Debray y Jean-Marie Villegier para Clarté, nº 48

 

 

«Hoy en día, utilizo todas las formas. Escribo tanto siguiendo la métrica de la literatura popular como con rima. (...) Escribo también en lengua hablada, en su expresión más simple, sin métrica ni rima. Hablo tanto de amor como de paz, de revolución y vida, de la felicidad, del destino, de la esperanza y la desesperación. Quiero que todo lo que es propio del hombre lo sea de mi poesía. Quiero que el que me lea pueda encontrar, en mí o en nosotros, la expresión de todos sus sentimientos. Que nos lea tanto cuando quiera leer un poema sobre el 1 de mayo, como cuando quiera oír hablar de su incomprendido amor. (...)

»Desde que soy poeta, lo que espero, lo que exijo de las bellas artes es que, al servicio del pueblo, lo conduzcan hacia días mejores. Que traduzcan el sufrimiento, la cólera, la esperanza, la felicidad, la nostalgia del pueblo. Eso es lo que no ha cambiado en mi concepción del arte. El resto ha variado, varía y variará en todos los sentidos. Yo he cambiado, cambio y seguiré cambiando para testimoniar de la manera más conmovedora, más inteligente, más eficaz, más bella y más perfecta, esto es lo que no cambiará.

Conversación con Ekber Babayev, Konusmalar, Estambul, Adam Yay, 2000.

HAN DICHO DE POEMAS FINALES

HAN DICHO DE Poemas Finales. Últimos poemas II (1962-1963)

 

Apenas cincuenta años han pasado desde que desapareció en su exilio moscovita Nâzim Hikmet, el poeta turco más internacional, y ya nadie en Occidente parece acordarse de su obra luminosa y esperanzadora. Un efecto secundario del derrumbe del régimen comunista fue que arrastró al olvido -cuando no al desprestigio- a muchos intelectuales y artistas políticamente perseguidos que habían buscado refugio en la antigua Unión Soviética. Y precisamente Hikmet, comunista de primera hora -que había encontrado su patria intelectual a principios de los años veinte en el Moscú de las vanguardias-, había mantenido un incorruptible compromiso crítico: en la Rusia estalinista provocó un escándalo mayúsculo con su obra de teatro ¿Realmente existió Iván Ivanovich?, una agresiva sátira sobre la burocracia de partido y el culto al líder.

La obra prolífica de Hikmet -o lo que queda de ella, ya que parte se perdió en la fuga a Rusia, fue destruida por la policía turca- opera frecuentemente con la contundencia afirmativa del realismo social. Sin duda, corresponde a un defensor apasionado del comunismo (por otra parte, absolutamente antidoctrinario).

Pero también seduce por la dulzura del sentimiento, la amplitud de miras, y sobre todo por el entusiasmo de soñador romántico que el sexagenario autor de los Poemas finales conservó. El segundo tomo de los Últimos poemas, que cierra un meritorio proyecto de traducción, iniciado hace diez años por Fernando García Burillo, da fe de las cualidades de la obra de madurez de Hikmet, de su autenticidad, transparencia y concisión: “Soledad: pan de recuerdos que no llena”. Aunque, indudablemente, el libro está marcado por la conciencia de que al gravemente enfermo del corazón le quedaban pocos años: “Dentro de mí está la noche de la gran separación". Una curiosidad añadida de los Poemas finales representan aquellos versos que expresan el fuerte vínculo emocional de Hikmet con España (“España es una rosa de sangre abierta en nuestro pecho"), manifiesto en el poema carta a Blas de Otero, y del que se hace eco el precioso, crepuscular pórtico de Antonio Gamoneda.

Cecilia Dreymüller, "Poemas finales", El País Babelia, 22/08/2009

 

 

En España hemos tenido una difusión tardía de la obra del poeta turco Nazim Hikmet (1901-1963), aunque guardamos un particular y temprano recuerdo de la versión parcial que el poeta turco-sefardí Solimán Salom -asiduo en las tertulias madrileñas de los años 60- nos ofreció en uno de los selectos volúmenes de la primera etapa de la colección Adonais (Poetas turcos contemporáneos, 1959). Luego llegarían la antología publicada por Visor (1970) y Duro oficio del exilio (Batlló, 1976, preparada sobre la que había hecho el argentino Alfredo Varela). El libro que hoy comentamos es complementario del que Las Ediciones de Oriente había publicado en 2000 (Últimos poemas. I). Estos poemas finales fueron escritos prácticamente durante los dos últimos años de su vida y, bajo este punto de vista, poseen esa significación profunda que sólo puede transmitirnos un ser humano que hizo de la lucha y del testimonio político una razón de ser tan poderosa como su misma poesía.

 

Nacido en Salónica, en 1901, cuando esta ciudad se hallaba integrada en el Imperio Otomano, Nazim fue hijo de un alto funcionario turco allí destinado. Sus raíces creativas son inseparables de su activismo político, ligado a su pertenencia al partido comunista y, en concreto, a una febril actividad periodística a lo largo de los años 20 y 30, que le llevara a la persecución por parte de las autoridades de su país; primero a breves encarcelamientos y más tarde, en 1938, a 12 años de prisión. Una campaña emprendida por intelectuales de todo el mundo, encabezada por Tristan Tzara, logró su liberación. Vida y obra están, por tanto, traspasadas por la inquietud social, pero lo que el Tzara reconoció como la "resonancia afectiva" de la poesía de Hikmet es lo primordial en su obra: un humanismo directo, sin fronteras, que el poeta aborda desde un lenguaje fuerte y novedoso.

 

Son estos atormentados (y serenos) poemas finales como páginas de un Diario que el poeta arranca a los lugares que visita (Tallin, Tanganica, Berlín y Moscú). A veces, un solo símbolo -como el árbol del poema "árbol de Año Nuevo", escrito en Estonia- le sirve para ponernos de relieve un macrocosmo que es consustancial a esta poesía última, y que está hecho a la vez de un lirismo y de un realismo desnudos, en los que "oscuras torres góticas y chimeneas de fábricas" contienden con los símbolos perennes. Son los símbolos que luego, en un poema escrito en Berlín, adquieren nuevos nombres, y que anulan la angustia de la "separación" de la "enferma" que está muriendo en la lejanía.

 

Como ya sucediera en otro gran poeta testimonial que nunca renunció al lirismo, Pablo Neruda, las miradas de Hikmet tienden a contemplar lo planetario más allá de lo local. Siempre es el realismo el que se revela en sentimientos y figuras comunales. Así, en los 10 poemas-carta que escribe en Dar es Salam, capital de Tanganica, hace una lectura de la realidad a través de la vida cotidiana; aunque en esa sucesión de imágenes, el hilo lírico sea más débil y es la realidad y la Historia la que retorne al poema para intensificarlo y sacudir al lector.

 

Como otro gran poeta turco del pasado siglo, Ilhan Berk, Hikmet contempló el mundo y los seres humanos con los ojos "bien abiertos y bien jóvenes". Es esta mirada imperturbable la que observa y pasa la información al pensamiento y al sentimiento del poeta, que, a continuación, denuncian. Pero, al final de su vida son el amor y muerte las que cuentan para un humano; son como su testamento poético al trenzarse en el breve poema último como un resumen de una vida asediada por el dolor: "Me dijo por qué no vienes/ por qué no te quedas/ por qué no sonríes/ por qué no mueres/ He venido/ He quedado/ He sonreído/ He muerto".

 

Antonio Colinas, «Más finales II», El Cultural ( 27/02/2009 )

 

Lo que caracteriza la lírica del último Hikmet es que la órbita del poema no sigue otro trayecto que el que brota de su propia conciencia y al que una sentimentalidad nada romántica hace transcurrir también por el concreto mapa de su imaginación, haciendo que en sus versos se mezclen muchas cosas y que el intenso tejido que las une sea a la vez único y común -que consista en «echar un cubo al pozo» que su yo lleva dentro y en «sacar agua de él».

No todos sus poemas participan en y de este mismo espíritu: los menos líricos se sirven de determinadas divinidades de la mitología anatolia para, a través de ellas, articular un canto de defensa de la libertad. Son los más políticamente militantes, pero también los que de todo este conjunto despiertan menos interés, ya que sucumben a la fuerza inercial del tópico, y el resultado estético obtenido queda muy por debajo de su noble intención. No otro es el precio que el poema político a menudo se ve forzado a pagar.

Pero la poesía política de Nâzim Hikmet se distingue en que la circunstancia que origina el poema no somete a éste ni a un tematismo fácil ni a un esquema reductor, sino que hace del sujeto que lo expresa -y por tanto también de quien lo lee- una atenta conciencia vigilante, solidaria del dolor de los otros, que ve reflejado también en el propio yo. Hikmet da dimensión poética a la poesía política y logra que el poema supere las limitaciones de dicción que podrían convertirse en su lastre.

Una fotografía en la prensa. «Árbol de Año Nuevo» es un ejemplo de la compleja simultaneidad de lo íntimo, y «Revista militar», una muestra de escritura testimonial. Así lo indica la delicada maquinaria y la perfecta estructuración que lo informa, con la precisa anécdota de la que parte y el conciso desarrollo que su autor le da. Personalmente prefiero el primero de ellos al segundo, pero no puedo dejar de admirar la arquitectura y el tono epigramático de éste, que tiene su origen en una fotografía publicada en la Prensa y que se amplía hasta constituirse en palabra moral.

En Hikmet lo ideológico nunca llega a anular lo estético, que, en su obra, se alimenta de un correlato inteligible. De ahí sus símiles y sus comparaciones siempre claras.
Y es que -como dice uno de sus poemas más líricos y culturalistas- ha «bebido de todas las fuentes de Roma», y eso se nota no sólo en los referentes que utiliza, sino en su respeto a la religiosidad, patente en los versos titulados «Los rostros de nuestras mujeres». Pero su esperanza y su convencimiento son que la poesía sirva «a la causa de la libertad». Así lo expresa en «A los escritores de Asia y África», o en el que dedica a pedir el apoyo internacional a Antoine Gizenga.

Los últimos poemas de Hikmet parecen formarse a partir de dos claves: una de compromiso, y otra, de introspección. La primera genera los textos de carácter más inmediato y que podríamos llamar puntuales; la segunda, en cambio, produce textos que -como «Parece que amé»- se caracterizan por lo inesperado de su desarrollo y lo complejo de su textualidad. Pero, junto a estas dos grandes líneas, hay otras vertientes, en las que abunda el retrato de personas queridas e instantáneas líricas como ésta: «Enormes gotas de lluvia como un racimo de uvas».

Más que la metáfora moderna, Hikmet utiliza -como ya se ha dicho- el símil y la comparación. Lo que facilita el acceso del lector a un sistema referencial coincidente con -o reconocible por- su propio horizonte de expectativa. Pero estos poemas -hay que decirlo- no son en sí un libro ni constituyen tampoco una unidad: tienen -eso sí- la coherencia que la cosmovisión de su autor les otorga, pero sólo esa. Lo que no significa que carezcan de valor en sí: lo tienen como poemas, pero no llegan a configurar su mundo en libro.

Clima de confidencia. Abundan el apunte a vuelapluma, la nota de diario, el dibujo y el trazo, más que los poemas de extenso recorrido; y, sin embargo, hasta en los más breves, hay notabilísimos hallazgos como los que suponen el poema-reportaje y la calidad de su lírica amorosa. En ésta cobra especial relieve su clima de confidencia; en aquéllos, la capacidad del autor para unificar diferentes planos de la realidad y constituirlos en estados de conciencia.

Estos Poemas finales de Nâzim Hikmet completan la fase anterior recogida en Últimos poemas, publicados en el año 2000 también por Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, pero tienen, además, otro interés: que Fernando García Burillo explica las relaciones de Hikmet con Hispanoamérica y España, sobre los testimonios de Neruda y Nicolás Guillén, las versiones al vasco, hechas por Gabriel Aresti, y los poemas intercambiados entre el poeta turco y Blas de Otero. Nuestro país fue para Hikmet una referencia: su poema «España», incluido aquí, lo demuestra.

Jaime Siles, «Gotas como racimos de uva»,  ABCD las Letras y las Artes (21/02/2009)

SU OBRA

SU OBRA

 

Nazim Hikmet es, ante todo, poeta. Sus primeras composiciones, 835 líneas (1929), 1+1=1 y Tres golpes (1930) tuvieron un inmenso impacto, pues rompían con toda la tradición poética turca. En 1931, publicó una antología titulada La ciudad que perdió la voz, cuyo contenido fue considerado sedicioso, por lo que fue procesado y arrestado. En 1932, antes de ser nuevamente procesado y condenado a prisión, consiguió publicar ¿Por qué se ha suicidado Benerci?, Telegrama nocturno y dos obras de teatro, El cráneo y La casa de un muerto. Tras su salida de la cárcel, en 1935, publicó Cartas a Taranta-Babú, inspiradas en la ocupación de Etiopía por el régimen de Mussolini, La sangre no habla, una novela publicada por entregas, Retratos, El hombre olvidado, una obra de teatro, y un folleto sobre el nazismo. En 1936, publicó La epopeya del jeque Bedreddin, hijo del cadí de Simavna. En 1941, cuando ya llevaba tres años en la cárcel, comenzó a escribir Aspectos humanos de mi país, su obra más ambiciosa, y en 1943, Poemas de las horas 21-22, dedicados a su mujer ("De día trabajo en mis traducciones. Trabajo también los "Aspectos". Los corrijo. Así, hasta la noche. En cuanto son las 21 horas ya no pienso más que en ti. No interpretes esto como si el resto del tiempo no pensara en ti. Es que después de las 21 horas no pienso en nada más que en ti, y entre las 21 y las 22, durante una hora, escribo versos para ti. Los he llamado Versos de las horas 21-22 para Pirayé."), y las Rubai. En 1947, todavía en la cárcel, y tras superar una angina de pecho, escribe Poemas sobre la vida, I, II, III. Entre 1948 y 1949 escribe tres obras de teatro: Ferhât y Sirin, Sabâhat y Yûsuf y Züleylâ. Entre 1955 y 1960, ya en el exilio tras su liberación en 1950, escribe varias obras de teatro: La víctima, ¿Ha existido Ivan Ivanovich?, La vaca, La estación, Tartufo y La espada de Damocles. En 1961 publica una antología de poemas titulada París, mi Rosa. Y, finalmente, en 1963, poco antes de morir, concluye su novela Qué bello es vivir, hermano mío. Es autor, asimismo, del cuento La nube enamorada, que da título a una antología que preparó de cuentos populares turcos. A esta larga e incompleta relación habría que añadir todos los artículos, críticas, cuentos y guiones que escribió durante sus años de persecución y cárcel, algunos firmados con el seudónimo «Orhan Selim»; otros, anónimos, y otros, en fin, firmados por escritores o periodistas para los que Nazim trabajaba desde la cárcel. En España, Solimán Salom fue el verdadero introductor de su obra gracias a la Antología poética publicada por Visor en 1970, que ha conocido varias ediciones, y a una documentada biografía que publicó en la desaparecida colección «grandes escritores contemporáneos», de Ed. EPESA. Más recientemente, J. Batlló ha publicado Duro oficio el exilio; ed. LUR, en vasco, Lau Gartzelak eta Beste Zembait Poema; y Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, una edición ilustrada por Malok de La nube enamorada. En Turquía, las obras escritas en la cárcel no comenzaron a ser publicadas hasta 1964, es decir, 28 años después de ser escritas. Este año de gracia 1992, sin embargo, las cosas han comenzado a cambiar, y, por primera vez, con motivo del 90 aniversario de su nacimiento, se han celebrado diversos actos públicos, entre los cuales un recital de Joan Baez, muy popular en Turquía, que se desplazó desinteresadamente a fin de participar en este tardío homenaje al poeta turco más importante del siglo XX.

De los poemas que presentamos, «Duodécima carta a Taranta Babú», fue escrito por el poeta en 1935, durante el breve período de libertad que conoció entre ese año y 1938, y forma parte de una serie dedicada a Etiopía con motivo de su invasión por las tropas de Mussolini. Con las «Rubaiyatas», escritas en la cárcel, el poeta se apropia de esta forma clásica de la poesía arabopersa para vehicular su propio discurso literario. Los restantes poemas corresponden a los últimos años y expresan la actitud del poeta ante una muerte que adivina ya próxima. Que sepamos, estos y las «Rubaiyatas» se publican ahora por primera vez en lengua castellana.

 

DUODÉCIMA CARTA A TARANTA BABÚ

Ya vienen, Taranta Babú,
vienen para matarte.
Y destriparte
y ver tus intestinos
retorcerse sobre la arena
como serpientes hambrientas.

Vienen para matarte, Taranta Babú,‬
a ti
y a tus cabras.
Sin embargo, ni ellos te conocen
ni tú a ellos...
Ni tampoco tus cabras
‭     ‬invadieron sus campos.

Vienen, Taranta Babú,
unos, de Nápoles,
otros, del Tirol.
Unos, necesitados de dulces
miradas,
y otros,
de cálidas manos...

Ejército a ejército
batallón a batallón
compañía a compañía
pero uno a uno
como si los llevaran a una boda
atravesando tres mares
los barcos los han traído a la muerte.

Ya vienen, Taranta Babú,
vienen envueltos por el fuego.
E izarán sus banderas
sobre el techo de paja
de tu casa de tierra,
y aunque los que vienen
puedan volver,
el tornero de Turín
perderá en Somalia
su brazo derecho ensangrentado
y ya no podrá bordar sus barras de acero
como si fueran de seda...
Y los ciegos ojos
del pescador de Sicilia
no podrán volver a ver el reflejo del mar.

Ya vienen, Taranta Babú,
los que han sido enviados a morir y matar,
y el día en que regresen
sus cruces de hojalata prendidas
sobre sus ensangrentados vendajes
en la grande y justa Roma
subirán las acciones y las obligaciones
y detrás de los que se fueron
nuestros nuevos amos
‭     vendrán a despojar a nuestros muertos...

RUBAIYATAS

—Se acabó... —nos dirá un día nuestra madre naturaleza—
ya no más reír ni llorar, hijo mío.
Y comenzará de nuevo el infinito:
una vida que no ve, que no habla, que no piensa.
§


La separación se aproxima un poco más cada día,
adiós para siempre amado mundo,
y buenos días
universo...
§


Quién sabe, tal vez no nos amaríamos tanto
si nuestras almas no se contemplaran desde tan lejos.
Quién sabe, si el destino no nos hubiera separado
tal vez no estaríamos tan cerca uno de otro.
§

 

 

ÚLTIMOS POEMAS

Ya llega mi hora
saltaré de repente al vacío
sin conocer el estado de putrefacción de mi carne
ni cómo los gusanos socavan mis ojos

sin tregua ni descanso pienso en la muerte
eso quiere decir que mi hora está próxima

Leipzig, 10 de septiembre de 1961


§

 

Si fuera plátano y descansara bajo su sombra
si fuera libro y leyera sin tedio en mis noches de insomnio
no quiero ser lápiz aunque sea en mi propia mano
si fuera puerta me abriría a los buenos me cerraría a los malos
si fuera ventana una ventana sin cortinas abierta de par en par
y pudiera traer la ciudad a mi habitación
si fuera palabra y gritara lo bello lo verdadero lo justo
si fuera palabra y dijera con toda dulzura mi amor

Moscú, 27 de mayo de 1962

 

§

Estos últimos tiempos vivo como una judía verde
como una judía blanca
haz conmigo un plato de judías blancas
o no lo hagas si no quieres

31 de mayo de 1962



§

Si pasó poco o mucho tiempo desde entonces
no lo sé
si hemos hecho este viaje
o tan solo a mí me lo parece
no lo sé.

Era septiembre era por la mañana
si es algo que recuerdo
o son cosas que invento
no lo sé
era septiembre era por la mañana salíamos de Moscú...

1963

 

 

Fernando García Burillo. Revista Atlántica de Poesía, nº 5: Cádiz, otoño de 1992.