GEORGE SAND

LOS AMANTES DE VENECIA: GEORGE SAND ESCRIBE A PIETRO PAGELLO

24. GEORGE SAND A PIETRO PAGELLO

[Venecia, segunda quincena de marzo de 1834]

¡Pierre! ¡Pierre! Tu sí que eres un hombre al que se puede amar y querer. Amigo mío, ¡cuán bueno, sensible y generoso eres! ¡Cómo sabes sacrificarte sin dudar un momento!

Sí, te quiero; sí, te amo. Sí, recompensaré tu virtud con un amor digno de ti. ¡Qué comparaciones me obligas a hacer entre tú y los que he amado y todos los que he conocido! Aunque conozco a algunos hombres dignos de veneración, creo que eres el mejor de todos. Tienes sus cualidades, pero careces de sus defectos. Al pobre niño enfermo que me has traído esta tarde le cuesta comprenderte, pero te admira y te bendice. No creo demasiado en su conversión. De sobra sé que esta locura no será la última y que aún me queda mucho que sufrir con él. Sin embargo, no puedo evitar desesperarme cuando lo veo abandonado y falto de cuidados, de amistad y de ayuda, con una salud tan débil, una cabeza tan enferma y tan poco ánimo. Pese a los sufrimientos que aún aguardo sufrir por su causa, me alegro cuando veo que vuelve a solicitar mi apoyo. ¡Pobre joven poeta, que tiene el sentimiento de las grandes cosas, pero que carece de fuerzas para llevarlas a cabo! Es muy digno de inspirar compasión, pues es muy culpable, y cuando se encuentra solo y desamparado no encuentra refugio en su conciencia. Amigo mío, él no puede como tú consolarse de sus penas considerando que ha cumplido con su deber o hecho una buena acción. Obedece a todas sus malas inclinaciones y sufre por ello. Hay que compadecerlo. A veces me ofende de tal manera que una especie de desprecio por su debilidad y su injusticia ahoga mi piedad. Pero ahora somos dos para velar por él, y la misericordia de uno se aviva cuando la del otro desfallece. Ayúdame a cumplir con mi cometido hasta el final. ¡Seremos tan felices cuando volvamos a encontrarnos y, ebrios de amor abrazados, podamos decirnos que no tenemos nada que reprocharnos! Y recordemos que hemos sacrificado días que hubiéramos podido consagrar a la felicidad y que hemos consagrado a la piedad, y disfrutaremos doblemente de los días de libertad y de delicias que nos serán restituidos. ¡Los recibiremos del cielo como una recompensa, y, si mi amor y mis caricias te parecen digna recompensa de tu grandeza y tu bondad, ten la seguridad de que serás bien pagado, oh, Pierre mío! Si para merecerte basta con todo mi cariño y mi comprensión, puedes estar seguro de que te merezco.

Esta tarde decía Alfred: «¡Qué hombre este Pagello, qué corazón y qué fuerza! Casi me ha confesado que te ama y, no obstante, viene a buscarme, en lugar de aprovecharse de nuestras disputas, y me lleva contigo y obtiene mi perdón. A vuestro lado, me veo como un enano. Me avergüenzo de mí mismo. Me doy cuenta de que debería juntaros las manos e irme a llorar a solas por la felicidad que no he sabido merecer. Mi pobre George, Pagello es el hombre que necesitabas: él habría sabido respetarte».

Así es como tu rival habla de ti, Pierre. Es el mejor elogio que un hombre puede recibir de otro hombre. Me gusta escucharlo, y, viendo que te hace justicia, perdono todo a Alfred: al comprenderte, es como si se purificara y ennobleciera.

¿Qué es lo que haría el pobre niño si estuviese en tu lugar?

En ningún caso me dejaría partir con un hombre que hubiera sido mi amante dos meses antes. Me consideraría incapaz de resistirme a sus ruegos y sus caricias, me obligaría a elegir entre ese hombre y él y, si yo insistiera en cumplir con mi deber al lado del triste y enfermo, me abandonaría e incluso se consideraría con derecho a menospreciarme. Y tú, Pierre mío, apenas me conoces; no sabes nada de mi vida anterior; no tienes garantía alguna de mi lealtad; podría ser una aventurera y la última de las mujeres, y, pese a ello, confías en mi palabra, me traes al hombre que se arroga derechos sobre mí y confías en mi firmeza y en mi castidad sin perder por ello el sueño. Pongo a Dios por testigo de que te asiste toda la razón, Pierre; has escogido la única manera verdadera de encadenarme a ti. Pero, en cualquier caso, te has arriesgado; te has entregado a mí como un niño a los brazos de su madre y no te ha importado poder quedar en ridículo. Amigo mío, amigo mío, has hecho bien. Sé lo que vale un gran corazón, y no soy insensible a los hermosos sentimientos. Verás, Pierre, como sé amar a quien es digno de ser amado.

¡Adiós, alma mía! Confío en que no pase mucho tiempo sin vernos. Alfred irá a buscarte si tú no vienes. Apruebo que le hayas dicho que no querías venir más a nuestra casa, pero si insiste, se lo concederás.

Debes de estar pasándolo mal entre medias de los dos, pero eso es preferible a dejar de vernos. Me va a ser muy difícil darte una cita; ya has visto a qué escenas conduce; por unas pocas horas de ausencia, se pasa tres días y tres noches reprochándomelo: no duerme, se levanta y viene a cada momento a ver lo que hago. Tal vigilancia me resulta odiosa. Parece como si viviera en una jaula que me ahoga y por las noches me despierto con una montaña sobre el pecho. A cada momento me parece oír su paso furtivo en torno a mi cama y duermo con los ojos abiertos. Necesito hacer acopio de fuerzas para no estarle diciendo a cada momento que me resulta insoportable. Aún me duelen más sus quejas. No puedo evitar que sus lágrimas me enternezcan, pero tampoco puedo decirle lo que no pienso. Se me desgarra el corazón. Te necesito, me gustaría estrecharte contra mi pecho oprimido por el dolor y el hastío. Mis nervios están excitados, como si hubiera bebido aguardiente. En mis sueños te veo pasar, voy a echarme a correr detrás de ti, pero siempre hay una mano celosa que me retiene; entonces siento una sed ardiente, tiendo los brazos hacia ti y me despierto en el momento en que te llamo. ¡Ay, si pudiera gritar tu nombre veinte veces todas las noches, eso me aliviaría, pero no tengo más remedio que callarme y sufrir! ¡Dame ánimos!

¡Adiós, adiós! ¡Te amo, te amo, te amo!

LOS AMANTES DE VENECIA: GEORGE SAND ESCRIBE A ALFRED DE MUSSET

VI. MARTES POR LA NOCHE

[25 de noviembre de 1834]

He estado en los Italianos donde he conocido al bueno de Delécluze. Primera representación de Ernani,12 estúpida y fastidiosa. Buloz duerme en los Italianos como en su propia cama, le pisan el redingote, el sombrero, los pies, se despierta para exclamar «¡Por Dios!» y vuelve a dormirse. Yo, ¡pobre chico!, me miran y dicen: «Es George Sand. — ¿A ver? ¿A ver? ¿Dónde? ¡Ah!» He escuchado a una señora mayor que decía: «¡Pero qué aspecto tan decentito tiene!» Un conspicuo diplomático (a juzgar por su chaleco) me ha mirado de reojo y ha exclamado: «¡Caramba, qué guapa es!» Por desgracia, es posible que lo sea, ¿pero para quién? Ya no me agrada oírselo decir a nadie. Hace ocho días, me encantaba.

Esta mañana he posado para *Lacroix. He charlado con él mientras fumábamos unos deliciosos cigarrillos. Me ha dado unos cuantos, si pudiera enviártelos, mi querido pequeño, te entretendrían. Pero no me atrevo. Lacroix me ha enseñado la antología de Goya; a propósito de la cual me ha hablado de Alfred y me ha dicho que, si hubiera querido, habría sido un gran pintor. ¡Lo creo! *Lacroix quiere copiar los pequeños croquis del álbum de Alfred. Yo me voy a entretener, ¿entretener?, me voy a aplicar a copiar servilmente algunas de esas bonitas mujeres de Goya. Se las enviaré a mi pobre ángel cuando me vaya, tal vez no las rechace, sé que le gusta ese tipo de mujer. Si pudiera apropiarme de la cara de uno de esos retratos e ir a buscarlo de noche, no reconocería al desdichado George y me amaría, ¡aunque solo fuera una hora!

¡Y sin embargo, no me curo! ¡Bueno, como tú quieras, Dios mío! Haz conmigo lo que te plazca. Estaba contando mis penas esta mañana a de Lacroix, ¿pues de qué otra cosa puedo hablar?, y me dio un buen consejo: no tener ánimo. «Abandónese —me decía—, cuando me encuentro así, no me hago el valiente, no nací romano. Me abandono a la desesperación, que me devora, me derriba y me mata. Cuando ya tiene bastante, también ella se cansa y me abandona». — ¿Me abandonará la mía? Por desgracia, aumenta cada día. ¡Este horror al aislamiento! ¡Estos impulsos de mi corazón para reunirme con ese corazón que estaba abierto para mí! ¡Y si echara a correr cuando el amor me aprieta demasiado fuerte! ¡Si fuera a tirar del cordón de la campanilla de su puerta hasta que me abriera, si me tumbara atravesada en el suelo hasta que pasara por allí, si me arrojara no ya a sus pies, después de todo es una locura, pues es implorarle, y está claro que hace por mí lo que puede, es una crueldad obsesionarlo y pedirle lo imposible; pero si me arrojara a su cuello, a sus brazos, y le dijera: Aún me amas, sufres por ello, te ruborizas, pero me compadeces demasiado para no amarme. Te das cuenta de que te amo, que solo puedo amarte a ti, abrázame, no me digas nada, no discutamos; dime unas palabras cariñosas, acaríciame, puesto que aún me encuentras guapa pese a mis cabellos cortados, pese a las dos grandes arrugas que desde el otro día surcan mis mejillas. Y cuando sientas que tu sensibilidad se fatiga y vuelve tu irritación, despídeme, maltrátame, pero que nunca sea con esa terrible palabra: ¡la última vez! Sufriré todo lo que quieras, pero déjame alguna vez, aunque solo sea un día a la semana, venir a buscar una lágrima, un beso que me permita vivir y que me dé ánimo. — ¡Pero tú no puedes! ¡Ay, qué cansado estás de mí!, ¡y qué rápido te has curado! Por desgracia, Dios mío, tengo más culpa que tuviste tú cuando yo me consolaba en Venecia. Pero tú no me amabas, y la razón egoísta y ruin me decía: «Haces bien». Ahora, a tus ojos soy del todo culpable, ¡pero lo soy en el pasado! El ahora aún es bueno y hermoso, yo te amo, me sometería a todos los suplicios con tal de ser amada por ti, y tú me abandonas. ¡Ay!, pobre hombre, usted está loco. Se deja aconsejar por su orgullo, usted debe tenerlo, y es admirable, como su alma, pero su razón debería hacerle callar y decirle: «Ama a esa pobre mujer, ahora estás seguro de no amarla en exceso. ¿Qué temes? La desdichada no se mostrará exigente. El que ama menos de los dos es el que sufre menos. Es el momento de amarla o nunca».

Ay, qué equivocado está, Dios mío, por abandonarme ahora que mi alma está purificada y que por primera vez he tomado una firme determinación. ¿Es una determinación? No lo sé. Es algo más, pues ¡qué sé yo de todos los razonamientos humanos y los principios sociales! Yo siento y yo lo amo, eso es todo. Este amor podría llevarme al fin del mundo, pero nadie lo quiere, y la llama se extinguirá como un inútil holocausto: ¡nadie lo quiere!... ¡Ay!, pero no se puede amar a dos hombres a la vez. Así me sucedió, pero no volverá a sucederme más. ¡Ah, insensato!, cuando dices: «¡Mañana lo hará porque lo hizo ayer!» — Es lo contrario lo que habría que decir. ¿Es que acaso soy una estúpida o una insensible? ¿Acaso mis locuras y mis faltas no me hacen sufrir? ¿Acaso las lecciones no son de provecho para mujeres como yo? ¿Acaso no tengo treinta años y me encuentro en plenas facultades? ¡Sí, Dios del Cielo, siento que aún puedo ser la alegría y el orgullo de un hombre, si ese hombre de verdad quiere ayudarme! Necesito un brazo fuerte que me sostenga y un corazón sin vanidad que me acoja y me guarde a su lado. Si hubiera encontrado a ese hombre, no estaría donde estoy. Pero hombres así son como robles nudosos, cuya corteza repele, y tú, Poeta, bella flor, quise beber tu rocío, que me embriagó y envenenó, y en un día de ira busqué un antídoto que acabó conmigo. Eras demasiado suave y demasiado sutil, mi querido perfume, para no evaporarte cada vez que mis labios te aspiraban. No es de los bellos arbustos de la India y de la China, cuyo frágil tallo se pliega y curva con la más ligera brisa, de donde se extraen las vigas para construir las casas. Cuando uno bebe su néctar y se embriaga con su olor, se adormece y muere.

¡Y luego esos hombres fuertes que mienten y que, presos de la ira, golpean grosera y cobardemente! Jactanciosos que construyen todo un sistema de virtud sobre un delito. — Pero cuando se comete un delito, no se sabe que lo es. Es al día siguiente, cuando el azar lo convierte en algo santo o en una acción detestable. Yo he visto a una desgraciada que, tras dar muerte a su hijo, se postró de rodillas y exclamó: «¡Dios mío, gracias por haberme dado valor para matar a esta miserable criaturita, que tanto habría sufrido en vida!» Subió al cadalso sintiéndose una mártir. ¡Decid pues palabras solemnes y gastad frases, gástalas tú también, desgraciada mujer que escribes sin saber el qué y que nada sabes, nada, salvo que mueres de amor!