DOMENICO LOSURDO

ANTONIO GRAMSCI DEL LIBERALISMO AL COMUNISMO CRITICO

 

Este estudio de Domenico Losurdo recoge la evolución política e ideológica de Antonio Gramsci, desde su inicial liberalismo hasta su integración, tras la revolución de Octubre, en el recién creado partido comunista italiano. Como pone de relieve el autor, los orígenes modestos de Gramsci, “la experiencia dolorosa de las privaciones diarias, y una sensibilidad y una seriedad moral que propician la identificación con los que están obligados a sufrir una vida de penurias”, alentaron su toma de conciencia política y su implicación en las luchas sociales de su tiempo, que, bajo el régimen de Mussolini, lo condujeron a la cárcel, donde, pese a su desfalleciente salud, desplegó un ingente trabajo intelectual, recogido póstumamente en sus Cuadernos de la cárcel. Ficha técnica:
Autor: Domenico Losurdo
Título: Antonio Gramsci del liberalismo al comunismo crítico
Traducido del italiano por Juan Vivanco
ISBN 978-84-943932-2-8 - 320 páginas - PVP 16 euros Domenico Losurdo nació en Sannicandro di Bari (Italia) en 1941. Cursó estudios de filosofía en Tubinga (Alemania) y en Urbino (Italia), donde se doctoró con una tesis sobre Karl Rosenkranz. Es uno de los filósofos más representativos de la corriente marxista. Sus tomas de posición sobre temas de actualidad lo han convertido en referencia de los nuevos movimientos sociales.
Es profesor de Filosofía de la historia en la Universidad de Urbino y presidente de la Sociedad Internacional de Filosofía Dialéctica Hegeliana.
El eje de sus estudios es una relectura crítica de la tradición liberal de la filosofía a partir del estudio de la Historia de la filosofía política clásica alemana, desde Kant a Hegel y Marx (Autocensura y compromiso en el pensamiento político de Kant, 1984; Hegel y la libertad de los modernos, 1992). Otros filósofos a los que ha dedicado atención son Nietzsche y Heidegger: sobre el primero, ha publicado Nietzsche, el rebelde aristocrático (2002) y sobre el segundo La comunidad, la muerte, Occidente: Heidegger y la ideología de la guerra (1991). Otro de sus focos de atención es la obra de Gramsci: Antonio Gramsci del liberalismo al comunismo crítico (1997). Sus últimas publicaciones tienen un carácter eminentemente político: Democracia y bonapartismo: triunfo y decadencia del sufragio universal (1993), El pecado original del siglo xx (1998), Contrahistoria del liberalismo (2005), El lenguaje del Imperio: léxico de la ideología americana (2007), Stalin. Historia y crítica de una leyenda negra (2008), La cultura de la no violencia (2011).   Reproducimos a continuación un extracto del capítulo II:   Cap. II. «Carnicería europea», revolución, fascismo: la adhesión de Gramsci al «comunismo crítico»
1. Reformas, revolución y guerra
La primera guerra mundial es un hito en la evolución de toda una generación. La guerra —escribirá más tarde Gramsci en L’Ordine Nuovo— «ha impuesto a todos los hombres dignos de este nombre una revisión completa de todas las instituciones, de todos los programas, de todas las formas de la actividad política y económica moderna» (ON, 283-284). Especialmente significativo es el debate que se entabla en el partido socialista (y en los ambientes culturales y políticos más o menos próximos a él) y engarza con el que ya se viene desarrollando desde hace tiempo a escala internacional sobre el tema «reformas o revolución». La profesión de fe reformista no inmuniza contra la tentación belicista o interventista. Hay un momento en que Turati parece darse cuenta del carácter íntimamente contradictorio de esta actitud. Replicando a los apremios de sus compañeros de partido que exigen una intervención inmediata de Italia en el conflicto europeo, en una carta a Kulischioff del 12 de marzo de 1915 el dirigente socialista observa: «¿Por qué deberíamos aplicar a la política exterior criterios tan distintos de los que hemos adoptado para la política interna, a propósito de la revolución y las revueltas?».31
En cambio, no parece que Salvemini se plantee este problema. Todavía en junio de 1914 condena las violencias que se han producido durante la huelga general y pide «varios meses o incluso varios añitos de cárcel» para sus responsables.32 Pero semanas después, ni corto ni perezoso, llama a imponer con la fuerza de las armas «el fin del imperialismo germánico, o sea, la liquidación de los Hohenzollern y los Habsburgo y de sus clientelas feudales, y la democratización de Austria y Alemania».33
La posición interventista va acompañada de una teorización explícita del «derecho a la violencia».34 Un derecho que, más allá del plano de las relaciones internacionales, acaba asumiendo también una dimensión de política interior, esgrimido contra los pacifistas. Salvemini, decidido a acabar con la neutralidad a cualquier precio, invita a «intensificar las manifestaciones contra Giolitti hasta llegar a la revuelta, y amenazar al rey» (él mismo se declara dispuesto «para un mitin, para una manifestación, para lo que sea»).35
Después de las primeras incertidumbres y vacilaciones, Gramsci, por el contrario, se pronuncia contra la «carnicería europea» (NM, 489), contra «el sangriento drama de la guerra» (CF, 409), y llama a los socialistas a atenerse a los «principios generales de convivencia internacional pacífica» sin dejarse contagiar por el clima belicista y chovinista (NM, 39-40). Salvemini replica a este llamamiento afirmando que en ningún modo se debe «confundir socialismo con pacifismo» y que es preciso condenar sin paliativos a los socialistas que «minan la resistencia moral del país» y cometen un «auténtico sabotaje de la guerra, promoviendo, por ejemplo, los disturbios de Turín de agosto de 1917, y contribuyendo por todos los medios […] al desastre de Caporetto».36 La «táctica exclusivamente crítica y negativa» del movimiento obrero y socialista37 es una traición a la patria y a la causa de la democracia internacional. Dirigiéndose a los socialistas, Salvemini exclama: «Con vuestra abstención, más o menos valientemente saboteadora, de la guerra italiana, le habéis hecho un indudable favor a la guerra de Alemania».38
Para cortar por lo sano este sabotaje objetivo, Bissolati se declara dispuesto a tomar medidas terroristas. En el parlamento, desde los escaños del gobierno en el que ha entrado gracias a su ferviente interventismo, no duda en amenazar a los diputados que considera derrotistas o tibios: «¡Para defender al país yo estaría dispuesto a abrir fuego contra todos vosotros!» (CF, 409, nota del editor). A ojos de Gramsci, el socialista reformista y patriota a machamartillo es el representante de «una italianidad minúscula, piojosa» que se basa en una «autoridad demagógica […] bestial y deprimente». Bissolati es uno de esos hombres que, con tal de alcanzar un fin «inmediato, particularísimo» están dispuestos a sacrificarlo «todo, la verdad, la justicia, las leyes más profundas e intangibles de la humanidad. Para destruir a un adversario sacrificarían todas las garantías de defensa de todos los ciudadanos, sus propias garantías de defensa» (CF, 408-409). Hay algo que salta de inmediato a la vista. El reformismo se suele contraponer al comunismo como si el primero fuera la preferencia por las reformas pacíficas y el segundo el culto a la violencia. Pero la adhesión de Gramsci a la Revolución de Octubre y al movimiento político generado por ella también obedece a la indignación que le provoca el reformista Bissolati quien, después de haber arrastrado a Italia a la primera guerra de Libia y luego a la guerra mundial, está dispuesto a imponer un terror sanguinario en el interior del país.  

EL PECADO ORIGINAL DEL SIGLO XX



Cuando el revisionismo histórico y el libro negro del comunismo hacen que la historia del genocidio y el horror arranque del comunismo, cometen una omisión colosal. El compromiso moral, solemnemente proclamado, de dar voz a las víctimas injustamente olvidadas, se ha convertido en su contrario, en el silencio mortal que entierra por segunda vez a los indios, los herero, las poblaciones coloniales, los “bárbaros”. Un silencio que también está preñado de consecuencias en el plano puramente historiográfico, dado que impide la comprensión del nazismo y el fascismo.

Ficha técnica: Autor: Domenico Losurdo Título: El pecado original del siglo XX Traducido del italiano por Juan Vivanco ISBN 978-84-943932-0-4 - 112 páginas -PVP 10 euros     

 

Domenico Losurdo,
profesor de Filosofía de la Historia en Urbino y presidente de la Sociedad Internacional de Filosofía Dialéctica, se ha especializado en la Historia de la Filosofía política clásica alemana. Sus obras se centran en la crítica del revisionismo histórico y los postulados del liberalismo político y económico: Contrahistoria del liberalismo, El lenguaje del imperio, La cultura de la no violencia... 










 

 

 

 



Reproducimos a continuación el capítulo que inicia El pecado  original del siglo XX:


 I. Un silenciamiento colosal

1. Las cifras del horror: de una contabilidad a otra

De entrada, lo que impresiona en El libro negro del comunismo y en el sinfín de publicaciones que se mueven en la misma dirección son las cifras. Detalladas, sumadas, reiteradas en un crescendo obsesivo, como si quisieran mortificar al lector, inducirlo a considerar superfluo cualquier razonamiento adicional, obligándolo a admitir una verdad que tiene la misma e inmediata evidencia que un horrible montón de cadáveres. Pero en el lector menos ingenuo, gracias a su memoria histórica o a su contacto con la cultura histórica, el efecto es distinto e inesperado: ¡cómo ha cambiado el clima en comparación con el periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial! Eran los años en que la contabilidad de los horrores se centraba en los artífices de la «solución final», pero también en el colonialismo. Hannah Arendt lo sentaba en el banquillo por haber practicado tranquilamente «el exterminio de los indígenas», reduciendo, por ejemplo, la población del Congo «de los 20-40 millones de 1890 a los 8 millones de 1911». Otro que denunciaba la práctica del «exterminio» (además de la «explotación económica» y el «sojuzgamiento») durante «cuatro siglos» de «expansión colonial», era Bobbio.
El fallo condenatorio no se pronunciaba con la mirada vuelta exclusivamente hacia el pasado. A medida que se desarrollaba el movimiento de emancipación de los pueblos coloniales, la contabilidad se iba acercando al presente: después de recordar a «los 45000 muertos de Sétif» (1945), «los 90000 muertos de Madagascar» (1947) y «las 200000 víctimas de la represión en Kenia» (1952), Fanon daba la palabra al movimiento anticolonialista argelino que, en 1957, acusaba a las autoridades francesas de aplicar una política «próxima al genocidio», es más, de querer llevar a cabo «la campaña de exterminio más espantosa de los tiempos modernos».
Todavía estaba fresco el recuerdo de los crímenes del nazifascismo, ¿y qué había sido este, «sino el colonialismo entre países tradicionalmente colonialistas»? Quienes se expresaban así eran militantes del movimiento de independencia argelino citados por Fanon, quien a su vez reiteraba: «hace unos años el nazismo transformó toda Europa en una verdadera colonia». No era distinta la opinión de Arendt, quien, todavía en el transcurso de la guerra, definió el nazismo como «el imperialismo más horrible que haya conocido el mundo»; el Tercer Reich, esa suerte de fase superior del imperialismo, había heredado de la tradición la creencia en la «“ley natural” del derecho del más fuerte» y la tendencia a «exterminar a las “razas inferiores que no son dignas de sobrevivir”». En esta misma dirección apuntaba, en última instancia, el gran historiador Arnold Toynbee cuando llamaba la atención sobre el hecho de que el fascismo y el nazismo surgían en países «miembros de nacimiento» de la «familia» de Occidente: si se quería comprender la infamia culminada en Auschwitz había que indagar en las páginas negras de su historia.
Ahora, por el contrario, todo ha cambiado: el horror del régimen hitleriano es una mera réplica polémica del horror del comunismo, el verdadero pecado original del siglo xx. Este nuevo balance pretende estar dictado no solo por el rigor histórico, sino también por la exigencia moral de rescatar del olvido a las innumerables víctimas, durante tanto tiempo olvidadas, de la sangrienta historia iniciada con la revolución bolchevique. Solo que esta afinidad entre nazismo y comunismo deja fuera el colonialismo que antes, en autores tan dispares, era el principal punto de referencia para la comprensión del Tercer Reich. Pese a las apariencias, el que una contabilidad de los horrores reemplace a otra, tranquilamente y sin más explicaciones, quizá no sea algo tan evidente; quizá no sean superfluos ni el razonamiento ni las preguntas.
¿Es posible encontrar en los anales de la historia una teorización explícita del genocidio? En 1883, el mismo año de la muerte de Marx y en polémica con él, Gumplowicz contrapone a la tesis ideológica de la «lucha de clases» la realidad de la «lucha de razas»: en ciertas condiciones es «naturalmente necesario» que los miembros de un grupo étnico distinto no se configuren «como hombres, sino como “seres” (Geschöpfe), que solo sirven para ser exterminados a la primera ocasión». Es lo que sucede, por ejemplo, en el África austral, donde los «bóeres cristianos» también consideran que «los hombres de la selva y los hotentotes […] son “seres” (Geschöpfe) y se les puede exterminar igual que la caza del bosque». Además —observa al otro lado del Atlántico Theodore Roosevelt—, cuando se emprende «la difícil labor de civilizar territorios bárbaros» y a «razas inferiores», no hay que dejarse «vencer por falsos sentimentalismos». El estadista norteamericano es totalmente inmune a tal sentimiento; al revés, parece casi divertido viendo cómo se borra a los pieles rojas de la faz de la tierra: «No llego al extremo de creer que los únicos indios buenos sean los indios muertos, pero sí creo que en nueve de cada diez casos es así; y en cuanto al décimo, más vale no hacer muchas averiguaciones».
El genocidio no se queda en la teoría. Entre 1904 y 1907 los herero se sublevan en África contra la Alemania imperial. La represión es despiadada: «Cada herero sorprendido dentro de las fronteras germánicas [de las colonias dominadas por el Segundo Reich], con o sin fusil, con o sin ganado, será fusilado. Ya no acogeré a más mujeres ni niños, los devolveré a su pueblo y ordenaré abrir fuego contra ellos. Esta es mi decisión para el pueblo herero». Es significativo el motivo que aduce el general von Trotha para tomar esta decisión soberana. Explica que «la nación como tal debe ser aniquilada» porque ya no se la puede usar ni siquiera como «material bruto».
Sería estúpido y engañoso poner todo esto en el haber de una imaginaria Alemania eterna. Varios años antes Hobson (el liberal inglés de izquierda a quien Lenin leyó con atención) explica la lógica a la que obedece el general alemán, al observar que la expansión colonial va acompañada del «exterminio de las razas inferiores» a las que «los colonizadores blancos superiores no pueden explotar provechosamente». Solo cabe añadir que entre estos últimos se entabla también una lucha mortal. Los bóeres, cuando reclaman su derecho a utilizar como «instrumentos de trabajo» a los indígenas del África austral y a robar su tierra y sus recursos, chocan con la Inglaterra imperial, que a su vez los somete y los recluye en bloque, sin distinción de edad ni sexo, en los que empiezan a conocerse como «campos de concentración». Este trato provoca la indignación de un amplio sector de la opinión pública europea, que denuncia el horror de los campos y el «holocausto de niños» perpetrado en ellos.
Las matanzas contra las poblaciones coloniales, por el contrario, no suscitan ninguna emoción. Es de finales del siglo xix esta seria advertencia de Theodore Roosevelt (que los herero, para su desgracia, no pudieron leer): si a «una de las razas inferiores» se le ocurre agredir a la «raza superior», esta reaccionará con «una guerra de exterminio (extermination)»; los soldados blancos, lo mismo que los cruzados, tendrán entonces que «matar a hombres, mujeres y niños».
Todas las grandes potencias coloniales de la época recurren a prácticas más o menos similares. En las Filipinas, anexionadas por Estados Unidos, se combate a la guerrilla no solo con la destrucción sistemática de sus cosechas y su ganado, sino también recluyendo en masa a la población en campos de concentración, donde es diezmada por el hambre y las enfermedades. Un general imparte la orden explícita de convertir un poblado en un «páramo desolado» y matar a todos los varones de más de diez años. No es una simple explosión de furor, se trata —declara el secretario estadounidense de la Guerra— de «usar los métodos que hemos experimentado con provecho en el Oeste durante nuestras campañas contra los indios».
2. El laboratorio del Tercer Reich
También Hitler, en sus conversaciones privadas, se refiere a la «guerra contra los indios», a la lucha «emprendida contra los indios de América del Norte», para legitimar y explicar su propia guerra de exterminio contra los «indígenas» de Europa oriental. También en este caso será la raza blanca, «será la raza más fuerte la que vencerá», y vencerá con métodos propios de la guerra colonial: «en la historia de la expansión del poderío de grandes pueblos, los métodos más radicales siempre se han aplicado con éxito». Se puede decir que el Tercer Reich buscó su Far West en el Este y que los Untermenschen de Europa oriental y la Unión Soviética eran sus indios, a los que se podía despojar de sus tierras, matar y, en nombre del avance de la civilización, repeler cada vez más lejos, al otro lado de los Urales.
El fascismo italiano no buscó a sus «indígenas» en Europa oriental, sino sobre todo en Etiopía. Cuando hojeamos los discursos con que Mussolini trata de justificar y disfrazar su agresión, nos parece estar releyendo textos de varias décadas antes. En la Conferencia de Berlín de 1884-1885, en vísperas de la anexión del Congo, Leopoldo ii de Bélgica había declarado: «Llevar la civilización al único lugar de la tierra donde todavía no ha llegado, disipar las tinieblas que envuelven todavía a poblaciones enteras: esta es —me atrevo a decirlo— una cruzada digna de este siglo de progreso». Y Mussolini, en diciembre de 1934: «Etiopía es el último rincón de África que no tiene amos europeos»; se trata de acabar, de una vez por todas, con los «horrores de la esclavitud» y con un «falso Estado bárbaro y negrero» dirigido por el «Negus de los negreros». Como en el caso del Congo, también en el de Etiopía la cruzada civilizadora se revela, en realidad, como una guerra de exterminio. Las tropas fascistas recurren masivamente al gas mostaza y otros gases asfixiantes, a las grandes matanzas de población civil, a los campos de concentración, a la eliminación de los intelectuales y de todos los que pueden contribuir a mantener despierto el sentido de la identidad de un pueblo; a la retórica «abolicionista» le corresponde la realidad de la esclavización masiva de los indígenas.
Para el fascismo italiano no solo son una reserva de fuerza de trabajo servil, sino una reserva destinada a reproducirse por transmisión hereditaria. De modo que las relaciones sexuales con los indígenas y los matrimonios mixtos se consideran descabellados y criminales. Es preciso impedir «toda mezcla con los indígenas» y cualquier «promiscuidad social», proclaman los ministros Alfieri y Lessona. «Para que el imperio se conserve», proclama el Duce en persona, «es preciso que los indígenas tengan clarísimo, predominante, el concepto de nuestra superioridad». Hay que imponer un rígido apartheid.
El apartheid nos lleva a Estados Unidos y Sudáfrica en las décadas a caballo entre los siglos xix y xx. La brutalidad teorizada, y practicada, contra las poblaciones coloniales, también deja su marca en la metrópoli capitalista. Los negros del Sur de Estados Unidos, segregados, sometidos a relaciones de trabajo semiserviles, a menudo linchados o apaleados por bandas de matones, se consideran «bestias»; sus actos de rebelión contra la white supremacy despiertan incluso la tentación de la «solución final (ultimate solution) de la cuestión negra», como se lee en el título de un libro publicado en Boston en 1913. Como sigan siendo «inútiles o revoltosos» —clama otro teórico de la «supremacía blanca»—, sobre ellos se abatirá el destino que ya ha borrado a los indios de la faz de la tierra.
Este destino, reservado durante siglos a los indios y los negros, es un modelo declarado para el fascismo y el nazismo. Todavía en 1930 un ideólogo destacado del nazismo como Rosenberg expresa su admiración por los Estados Unidos de la white supremacy, ese «espléndido país del futuro» que ha tenido el mérito de formular la feliz «nueva idea de un Estado racial», idea que ahora se intenta poner en práctica, «con ímpetu juvenil», mediante la expulsión y deportación de «negros y amarillos».
La tradición colonial acaba ejerciendo cierta influencia incluso sobre la suerte de los judíos. Según Hitler, ellos tienen la culpa de la política de mezcla y degeneración de las razas. Por otro lado —abunda Mussolini—, para que el régimen de apartheid sea impecable es preciso que prevalezca la «dignidad» y la pureza de la raza dominante no solo «frente a los camitas, es decir, los africanos», sino también frente a los semitas, es decir, los judíos. Después de la publicación de las leyes antisemitas, la parábola del delirio racista alcanza su apogeo con la república de Salò: la llamada al alistamiento de los jóvenes «para que los negros, al servicio de Inglaterra, no mancillen el suelo sagrado» de la patria, va a la par de la entrega de judíos a los nazis y la colaboración con el Tercer Reich para la «solución final». Los cabecillas nazis, por lo menos en su fase inicial, se proponen crear un Judenreservat, una «reserva para judíos» a semejanza de las que habían recluido a los pieles rojas.
Ya hemos visto cómo Rosenberg se felicita por la «deportación» no solo de los «negros», sino también de los «amarillos». Todavía estaba en pleno vigor en Estados Unidos el Exclusion Act contra los chinos, víctimas de discriminaciones jurídicas y a veces de pogromos. Desde finales del siglo xix el mito de la raza se abate, con distinta intensidad, contra todos los que no sean blancos de pura cepa. Es un fenómeno de carácter general, pero se manifiesta con especial claridad en un país donde la cuestión social y la cuestión racial están entrelazadas debido no solo a la presencia de negros e indios, sino también a las continuas oleadas de inmigrantes llegados de zonas que, sin ser coloniales ni semicoloniales, se consideran marginales o ajenas a la civilización. Estos inmigrantes ocupan los segmentos inferiores del mercado del trabajo y a menudo, expulsados de él, oscilan entre el paro y la delincuencia: son los fracasados, que se reproducen generación tras generación y por lo tanto constituyen una «raza» nociva para la sociedad.
La eugenesia, una nueva «ciencia» procedente de Inglaterra, donde la ha teorizado por primera vez Galton, primo de Darwin, alcanza un éxito extraordinario en Estados Unidos. Entre finales del siglo xix y principios del xx se desarrolla un movimiento que pretende impedir la procreación de personas inclinadas al delito o al parasitismo; entre 1907 y 1915 trece Estados promulgan leyes de esterilización forzosa, a la que deben someterse, según la legislación de Indiana (el primer Estado que se mueve en esta dirección), «delincuentes habituales, idiotas, imbéciles y violadores». No faltan quienes propugnan que esta ley se aplique también a los «vagabundos» (por lo general miembros de una «raza inferior»).
Hagamos un repaso de la situación. La terminología que empieza a aparecer entre finales del siglo xix y principios del xx es ya sintomática. «Razas inferiores», pueblos-bestias y pueblos-instrumentos de trabajo o, como se dirá más tarde, Untermenschen; eugenesia para vagabundos y parásitos (los «elementos asociales» que más tarde exterminará el nazismo), «campos de concentración», «aniquilamiento», «exterminio», «holocausto». No cabe duda: mucho antes de la Revolución de Octubre, el laboratorio del Tercer Reich y de los horrores del siglo xx está ya en plena actividad y enlaza con la tradición colonial, es decir, con la historia del trato que infligieron a los «bárbaros» en las colonias y en la propia metrópoli aquellos que se proclamaron representantes exclusivos de la Civilización.
Por lo tanto, cuando el revisionismo histórico y el Libro negro hacen que la historia del genocidio y el horror arranque del comunismo, cometen una omisión colosal. El compromiso moral, solemnemente proclamado, de dar voz a las víctimas injustamente olvidadas, se ha convertido en su contrario, en el silencio mortal que entierra por segunda vez a los indios, los herero, las poblaciones coloniales, los «bárbaros». Un silencio que también está preñado de consecuencias en el plano propiamente historiográfico, dado que impide la comprensión del nazismo y el fascismo.
¿El bombardeo de las cifras sobre los crímenes del comunismo ayuda, al menos, a captar el significado de la historia que comienza en octubre de 1917?