ASSIA DJEBAR

LA LENGUA DEL ENEMIGO

El 22 de junio de 2006 Assia Djebar [1] tomó posesión del sillón 5 de la Academia Francesa, un acto poco usual en las Academias, como su larga historia se obstina en demostrarnos [2].

 

Pero si inusual es que una mujer ocupe uno de sus sillones, más sorprendente es si cabe que quien lo ocupe sea una "antigua colonizada". Assia Djebar es la primera persona de origen magrebí que accede a la Academia.

 

"Recuerdo que el año pasado, en junio de 2005, el día en que me eligieron ustedes a su Academia, respondí a los periodistas que buscaban mi reacción que estaba contenta por la francofonía del Magreb. Se imponía la sobriedad, pues tenía la sensación casi física de que sus puertas se abrían no solo para mí y mis libros, sino para las sombras todavía vivas de mis compañeros —escritores, periodistas, intelectuales, mujeres y hombres de Argelia que en la década de los noventa pagaron con su vida el hecho de escribir, exponer sus ideas o, sencillamente, enseñar… en francés". [3]

 

Sombras vivas que convoca en El blanco de Argelia [4], porque el blanco es el color del luto para los musulmanes… Por sus páginas desfilan como en una procesión ritual esos "queridos desaparecidos", abatidos por los cuchillos o las balas de la intransigencia: a tres de ellos, Tahar Djaout –escritor, periodista y crítico literario—, Youssef Sebti —sociólogo— y Abdelkáder Alloula —uno de los más populares dramaturgos argelinos— dedicó años antes el Premio de la Paz que, en el año 2002, le otorgó la Asociación de Editores y Libreros alemanes.

 

Este nombramiento podría no ser más que una anécdota, desde luego una anécdota importante en la vida de una escritora, si no fuera por el hecho de que la ambigua / dolorosa relación con la lengua francesa, lengua del enemigo, del colonizador ha sido y sigue siendo la esencia misma de su escritura desde sus primeras obras.

 

Una escritura que a lo largo de sus más de cuarenta años de actividad literaria ha ido tejiendo en difícil arabesco esa lengua del Otro con las del origen: el bereber de sus abuelas y el árabe, salpicado de bereber y con melodía andalusí, de su madre: "el sonido del origen fermentó en el propio corazón del francés". [5]

 

COMO SI FUERA UN CHICO

 

La relación de Assia Djebar con la lengua del colonizador se inicia a una edad temprana. Y es precisamente su padre —la persona que debía vigilar su entrada en el gineceo para salvaguardar su honor— quien le abre la puerta —real y simbólica— al conocimiento, a la libertad:

 

"Chiquilla árabe que va por primera vez a la escuela, una mañana de otoño, de la mano de su padre. Este, cabeza tocada con fez, la silueta alta y erguida dentro del traje europeo, lleva una cartera y es maestro en la escuela francesa. Chiquilla árabe en un pueblo del Sahel argelino" [6].

 

Aún me producen emoción estas palabras recogidas en las páginas del primer libro que traduje de Assia. Esa chiquilla me tendió la mano y caminé junto a ella recorriendo las páginas de la historia dolorida de su país. El viaje duró cuatro libros. Pero es en este cuando se produjo la fascinación.

 

Ese gesto paterno: tomar de la mano a su hija mayor y encaminarla hacia la escuela —algo tan trivial en nuestros días— se revela gesto revolucionario, fundador.

 

"No recuerdo nada de la sesión del fotógrafo de escuela; al menos de la primera fotografía en que aparezco, precisamente en esa clase de chicos.

 

La miro ahora, tantísimos años después.(…)

 

Me pusieron en medio de la primera fila: una chiquilla de frente abombada, pelo negro corto y de mirada sin duda resuelta, pero que no sé cómo definir. En la pizarrita que sostiene un chico sentado está escrita la fecha del año escolar en tiza: 1940. (…)

 

Recrear el momento de posar: mi padre hizo que se sentaran afuera, delante de la puerta, todos sus alumnos: los más pequeños y más bajos, delante, sentados en dos filas, lo mayores detrás, de pie. Debió de pasar revista al estado de sus indumentarias, para que no parecieran tan flacos. A continuación se colocó a un lado: todos están listos para la foto.

 

¿Y yo? Debía de estar esperando, dócil y silenciosa, un poco apartada, a un lado. Era la primera vez: nadie me había explicado el ritual de la foto de clase. De repente… ¿Qué impulso de repente arrastró a mi padre? Me miró. Me vio sola, esperando, e intimidada, como de costumbre. ¿Qué le pasó? ¿Una repentina ternura? ¿Un sentimiento vago de injusticia al verme sola, separada de aquellos niños, como excluida? Por un instante olvidó que era una niña, y por lo tanto un ser aparte para sus alumnos… Vino a buscarme y me cogió de la mano; mandó retroceder a los niños de la primera fila y me sentó en el centro, frente al fotógrafo… Volvió a su sitio de maestro vigilante. Y entonces yo, como presidiendo: inesperada reina entre futuros guerreros. Presidiendo y sin saberlo.

 

Para el maestro, ahora todo está en su sitio, justo antes del disparo, se estira y espera junto a los que instruye. Posa para los demás —para todo el pueblo, incluida la pequeña sociedad colonial a la que insolentemente provoca con su orgullo y sus reivindicaciones igualitarias. Posa orgulloso junto con los cuarenta chicos que educa, y no solo en el aprendizaje del francés, y orgulloso también de su hija mayor —es una niña, bueno y qué—, y la ha colocado en el centro.

 

Ahí se queda la chiquilla, con el torso ligeramente inclinado hacia delante, la cara tensa y con una mirada seria que no corresponde a su edad —cuatro años, tanto como decir cuarenta dentro de nada. Se da cuenta, pero muy confusamente, de que desentona: en otros sitios esto no debe de pasar, colocar a una chiquilla completamente sola en medio de cuarenta niños, y además mayores. No sabe que los intimida; los percibe como una presencia única, respetuosa, pero desconfiada, por no decir hostil. Su padre, a un lado, espera, como todos, el disparo.

 

Fue la primera fotografía que me hicieron. Un día de clase en los comienzos de la guerra mundial en un pueblo del Sahel argelino[7].

 

ÚNICA Y PRIMERA

 

La fotografía me habla desde la distancia en el tiempo e ilumina con otro matiz su escritura. La pequeña Fatna es la única niña en el nutrido grupo de chiquillos que asisten a la escuela donde es maestro su padre. Única. Primer desgarro.

 

De modo que Fatma/Assia es una niña como las demás —niña entre las mujeres de la casa, va al hamman, asiste a bodas con su madre, sus tías y sus primas, aprende a bailar al ritmo de las palmas que acompañan la música en las fiestas de mujeres—, y no lo es. Cuando llegue la edad núbil no se velará como la mayoría de sus iguales, es más, vivirá alejada de la familia, interna en una ciudad de provincias, Blida, donde estudia bachillerato en la rama de lenguas clásicas. También aquí será la única musulmana de su clase, las otras argelinas, unas veinte, a las que llaman "indígenas", pertenecen a la sección de modernas.

 

A aquel primer desgarro vivido por todos los magrebíes escolarizados por Francia en sus colonias —sonrisa irónica y condescendiente cuando rememoran y relatan los años en que estudiaban las hazañas de "sus" antepasados galos— se suma la separación física de la familia: sentimiento ambiguo. A la libertad de gozar plenamente de sus horas de estudio y amistad con muchachas de procedencia diversa, al placer de embelesarse con las lecturas de los grandes escritores… franceses, se contrapone el sentimiento de desarraigo: ágrafa en su lengua de origen, distanciada de sus iguales, con las que se reúne durante el periodo vacacional. Pera ya no es lo mismo.

 

El francés, ese idioma del "enemigo", va abriéndole el camino que la conducirá a París, donde estudia historia en la Escuela Normal Superior. También allí será la primera argelina que se inscriba. Única y primera. Parece un signo.

 

EL COMPROMISO

 

En los convulsos años cincuenta (la guerra de Argelia comienza en 1954), Fatna se aparta del estudio, participa en la huelga de estudiantes argelinos en París de mayo-junio de 1956, y no se examina: suena la hora de la independencia y decide tomar parte activa en ella. Escribe y publica. Con La soif (La sed), que escribe en dos meses y que se traduce enseguida con enorme éxito en Estados Unidos, inicia su carrera literaria, adoptando ya el pseudónimo de Assia Djebar. En 1958 continúa con el boicot a los exámenes y se ve obligada por la dirección a abandonar la Escuela. Se traslada a Túnez donde colabora con Frantz Fanon en el Moudjahid, órgano de prensa del clandestino FLN (Frente de Liberación Nacional), y visita los campos de refugiados de argelinos en la frontera entre Túnez y Argelia. Durante tres años, da clase de historia moderna del Magreb en Rabat. En 1962, regresa a Argel en los primeros días de la independencia. En septiembre de ese año, es nombrada profesora de historia —también la única—. En 1964, tras el golpe de Estado de Bumedian y la política de arabización, que obliga a impartir las clases en árabe, pide la excedencia y regresa a París.

 

ESCRITURA Y MOVIMIENTO

 

Desde aquella mañana de otoño en que su padre la llevó de la mano a la escuela no ha dejado de moverse. Porque para Assia escritura y movimiento están íntimamente ligados. Así lo recordó más de tres décadas después, cuando en el año 2000 recibió el Premio de la Paz que otorgan los libreros y editores alemanes: "no habría iniciado con ardor mi carrera literaria (y esto puede sorprender) si no me hubiera gustado recorrer anónimamente las calles de las ciudades, curiosa, como si fuera un chico (subrayado mío), y aún hoy como una simple paseante. La libertad de moverse y desplazarse. Esta es para mí la primera de las libertades"[8].

 

Palabras pronunciadas ocho años después de que se iniciaran los nuevos "sucesos" de Argelia, la guerra sucia, soterrada, no reconocida, que ensangrentó el país y que tuvo como uno de sus blancos preferido a las mujeres que se "movían" fuera de su esfera, es decir, de las cuatro paredes de su casa. Ni el velo islámico sirvió en muchos casos de freno.

 

"¡Ay, hermana mía, tengo miedo, yo que creí despertarte. Tengo miedo de que las dos, las tres, todas —salvo las paridoras, las madres guardianas, las abuelas necrófagas— nos volvamos a encontrar atadas en ‘este occidente de Oriente’, en este lugar de la tierra donde brilló para nosotras con tal lentitud la aurora, que ya, por todas partes, nos cerca el crepúsculo".[9]

 

Con este párrafo premonitorio pone fin en 1986 a Sombra sultana, la segunda entrega de su quator argelino —inmenso fresco que inicia El amor, la fantasía y se continúa con Grande es la prisión— y que es ya escritura de madurez: biografía personal y "biografía" del país, historia con mayúscula e historia de las gentes sin historia, de las mujeres en suma, se entrelazan, como la historia de Hayila e Isma, la una sultana, sombra la otra. Sherezad y Duniazad.

 

¡ACCIÓN!

 

De 1967 hasta 1980 su pluma deja de correr. Silencio de más de diez años, durante los que se va gestando esa escritura de madurez en la que expresará con lengua propia todas sus heridas.

 

Pero la gestación no es muda. Vuelve al origen, a la caverna que le devuelve los sonidos de la lengua materna, terciopelo y espinas. Lengua de amor, ternura sororal, calor del gineceo. Memoria.

 

Y de esa búsqueda, de ese deseo, quizá, de recuperar su voz dormida, nacen sus dos largometrajes, saludados por la crítica, La Nouba des femmes du mont Chenoua[10] y La Zerda des chants de l'oubli[11].

 

 

"Dije: ‘acción’. La emoción me embargó. Como si, conmigo, todos los harenes hubieran susurrado: ‘acción’[12].

 

Acción, sinónimo de movimiento. ¡Muévete, camina, actúa! Y la cámara va escribiendo las palabras, las frases que habitarán las páginas de Grande es la prisión:

 

"Cuerpo hembra velado enteramente con una sábana blanca, el rostro enteramente oculto, solo se deja libre un agujero para el ojo. (…) Esa imagen —realidad de mi infancia, de la de mi madre y de mis tías, de mis primas a veces de mi misma edad, ese escándalo que de niña viví como norma— está aquí, surge en el inicio de esta búsqueda: silueta única de mujer, reuniendo en los faldones de la sábana-mortaja los aproximadamente quinientos millones de segregadas del mundo islámico"[13].

 

EXILIO

 

Tras ese paréntesis: "Yo habría podido ser, a finales de los años 70, cineasta de lengua árabe a la vez que novelista francohablante"[14]… Pero no fue así: las estructuras asfixiantes de la cinematografía de Estado de su país la disuadieron[15]. Y recobra la escritura, que ya no abandonará nunca. Se instala en ella, como en un territorio propio, en un cuarto propio.

 

Fuera ya de Argelia, desde su exilio (¿es la palabra adecuada?) voluntario en París o Nueva York, camina y escribe; escribe y camina, como en aquellos inicios apasionados de su carrera, como si fuera un chico. El francés aprendido metamorfoseado en francés suyo: ya no se trata de hablar con el otro o como el otro, sino de hablar diferente. Instalada en el margen de la lengua, desentraña sus secretos y cicatriza sus heridas, herencia irrenunciable.

 

Abre los brazos de su escritura a la historia enterrada de su patria de origen, a la memoria olvidada, da voz a las sin voz, invita a la conquista del afuera, ese espacio que para las mujeres de su "tribu", incluso las de su edad, era agujero negro, vacío lleno de incertidumbre y peligros, espacio ajeno… al que solo se accedía a través de celosías —figura constante en su narrativa, la mirona— y azoteas… O —deprisa, deprisa, pegadas a las paredes, cubiertas de la cabeza a los pies, fija la mirada en el suelo al cruzarse con un extraño y siempre acompañadas por un varón— camino del baño o de la mezquita en las fiestas de guardar. El camino no contaba, solo la meta. Assia camina sin rumbo, sin meta, "mirona", pero afuera: libertad de ver y ser vista, de "desnudar" el cuerpo —desnuda es la palabra que se utiliza para referirse a una mujer que sale fuera de la casa sin velo—.

 

Escritura en lengua francesa, sí, pero con el oído atento a los sonidos de la lengua materna —a medio camino entre el bereber de las montañas y el árabe de la ciudad cercana—[16], una lengua más allá de las lenguas "que solo la literatura puede secretar"[17].

 

Y Assia resume en las siguientes palabras el itinerario que estas líneas han querido dibujar:

 

"mi francés, forrado con el terciopelo, pero también con las espinas de las lenguas ocultadas de antaño, quizá cicatrizará mis heridas de la memoria".

 

Nota biográfica

Assia Djebar, cuyas obras han sido traducidas a la mayoría de las lenguas europeas, está considerada como una de las grandes escritoras del Magreb. Es autora de más de quince títulos, varios premiados en diversos países. Han sido editadas en español y catalán, y en ocasiones reeditadas, las obras más representativas de su etapa de madurez: El amor la fantasía (1990), Premio de la amistad franco-árabe; Lejos de Medina (1993); Sombra sultana (1995), Ombra sultana (2002), Premio Liberatur de Fráncfort a la mejor novela de mujer; Grande es la prisión (1997), El blanco de Argelia (1998), International Literary Neustadt Prize; Dones de Alger en les seves estances (2002); Las noches de Estrasburgo y Les nits d'Estrasburg (2002), Premio de Ensayo en Alemania y Premio Internacional de Palmi en Italia (1998). Ha realizado y dirigido dos largometrajes, La Nouba des femmes du mont Chenoua (1978), Premio de la Crítica de la Bienal de Venecia de 1979 y La Zerda des chants de l'oublie (1982), Premio a la mejor película histórica del Festival de Berlín de 1983.

 

En 2000 recibió el Premio de la Paz de Fráncfort. Desde 1999 es miembro de la real Academia de Bélgica y desde 2005, de la Academia Francesa.

Inmaculada Jiménez Morell es editora de ediciones del oriente y del mediterráneo. Comparte su labor editorial con la traducción literaria. Ha traducido, entre otros autores magrebíes de expresión francesa, a Assia Djebar (El amor, la fantasía, Sombra sultana, Grande es la prisión, y El blanco de Argelia); Fátima Mernissi (Marruecos a través de sus mujeres, Miedo a la modernidad: Islam y democracia, El harén político. El Profeta y las mujeres…), Dris Chraibi, Abdellatif Laabi…

 Es autora de La prensa femenina en España. Desde sus orígenes a 1868 (Premio Nacional María Espinosa, 1983; ediciones de la Torre, 1992) y "Alejandrinas", en Biblioteca Alejandrina: Homenaje a la memoria, apuesta por el futuro (Biblioteca Nacional, 2003).

 

[1] Pseudónimo literario de Fatma Zohra Imalayen.

[2] En la actualidad, de los 40 miembros de la Academia francesa 4 son mujeres (3 de los 46 que componen la española). La primera en atravesar la puerta para ocupar un sillón de tan docta institución fue Marguerite Yourcenar, en el año 1980. Dos años antes, Carmen Conde hacía lo propio en la Academia española. Más de un siglo costó a las mujeres tener una presencia —que podríamos calificar de testimonial— en tan alta institución. Ya a mediados del siglo XIX, Gertrudis Gómez de Avellaneda, una de las primeras escritoras españolas que pretendió ser admitida, se lamentaba así de su fracaso: "Como desgraciadamente la mayor potencia intelectual no alcanza a hacer brotar de la parte inferior del rostro humano esa exhuberancia animal que requiere el filo de la navaja, ella ha venido a ser la única e insuperable distinción de los literatos varones, quienes —viéndose despojados día a día de otras prerrogativas que reputaban exclusivamente suyas— se aferran a aquella con todas sus fuerzas de sexo fuerte, haciéndola prudentísimamente el sine qua non de las académicas glorias". Véase GÓMEZ de AVELLANEDA, Gertrudis, "La mujer considerada particularmente en su capacidad científica, artística y literaria", Álbum Cubano de lo Bello y lo Bueno, en Obras literarias de la srta… Colección Completa, Madrid, Imprenta Rivadeneira, 1871.

[3] Discurso pronunciado en sesión pública, con motivo de su entrada en la Academia, París, Palacio del Instituto, jueves, 22 de junio de 2006.

[4] Ediciones del oriente y del mediterráneo, Guadarrama, 1998.

[5] Vid cf. nota 3.

[6] El amor, la fantasía, ediciones del oriente y del mediterráneo, 1990, p. 11

[7] Grande es la prisión, Guadarrama, ediciones del oriente y del mediterráneo, 1997, pp. 345-347.

[8] Discurso pronunciado con motivo de la entrega del Premio de la Paz de los libreros y editores alemanes, Fráncfort, octubre de 2000.

[9] Sombra sultana, Guadarrama, ediciones del oriente y del mediterráneo, 1995.

[10] La nuba de las mujeres del monte Chenua, Premio de la Crítica en la Bienal de Venecia de 1979.

[11] La zerba o las canciones del olvido, Premio a la mejor película histórica en el Festival de Berlín de 1983.

[12] Grande es la prisión, op. cit., p. 222

[13] Ibídem, "Mujer arable 1", p. 223.

[14] Véase cf. nota 3.

[15] El largometraje La nouba des femmes du mont Chenoua, que había sido seleccionado para el Festival de Cine de Cartago, tras su primera proyección en Argel, que produjo un verdadero revuelo, fue retirada de la competición a raíz de las presiones procedentes de Argelia. Los críticos extranjeros protestaron, reclamando una nueva proyección (Véase, CALLE-GRUBER, Mireille, "Cronología", Assia Djebar, adpf, París, 2006).

[16] Su madre, Bahia Sahraoui, era originaria de la tribu de los Berkani de las montañas de Dahra. La ciudad a la que alude es Cherchell, antigua Cesarea, capital de la Mauritania romana.

HABLA ASSIA DJEBAR

LA IMPERIOSA VOLUNTAD DE NO OLVIDAR

 

«Quisiera presentarme ante ustedes simplemente como una mujer escritora nacida en Argelia, ese país tumultuoso* y desgarrado. Fui educada en la fe musulmana, la de mis antepasados, que me moldeó afectiva y espiritualmente, pero a la que, debo confesarlo, me enfrento a causa de sus prohibiciones, de las cuales aún no me he liberado del todo.

»De modo que escribo, y en francés, la lengua del antiguo colonizador, pese a lo cual se ha convertido irreversiblemente en la de mi pensamiento, mientras que sigo amando, sufriendo y rezando (cuando, a veces, lo hago) en árabe, mi lengua materna.

»Considero, además, que mi lengua original, la de todo el Magreb –es decir, el bereber, la lengua de Antinea, la reina de los tuaregs, entre los que el matriarcado fue la regla durante mucho tiempo, la lengua de Yugurta, símbolo máximo del espíritu de resistencia contra el imperialismo romano—, esa lengua que no puedo olvidar, cuya musicalidad llevo siempre presente, pero que, sin embargo, no hablo, es, a mi pesar, mi manera íntima de decir “no”: como mujer, pero, sobre todo, me parece, en mi esfuerzo sostenido de escritora. (…)

»Solo reconozco una regla, aprendida y dilucidada, poco a poco, en soledad y lejos de las capillas literarias: no practicar más que una escritura de necesidad. (…)

»Es evidente que yo nunca habría sido escritora si, con diez u once años, no hubiera podido proseguir mis estudios secundarios; pero ese pequeño milagro fue posible gracias a mi padre maestro, hombre de ruptura y modernidad frente al conformismo musulmán que, con toda certeza, me habría destinado al encierro de las doncellas núbiles.

»Del mismo modo, cinco o seis años después, no habría iniciado con ardor mi carrera literaria si (y esto puede sorprender) no me hubiera gustado recorrer anónimamente las calles de las ciudades, como una transeúnte, curiosa, como si fuera un chico, y aun hoy como una simple paseante.

»La libertad de moverse y desplazarse. Esa es para mí la primera de las libertades: la sorprendente posibilidad de disponer de uno mismo para ir y venir, de dentro afuera, de los lugares privados a los públicos y viceversa. Esto que parece algo tan simple hoy en día para los adolescentes europeos, a comienzos de la década de los años cincuenta fue para mí un lujo increíble. (…)

»Más adelante, doce años después de producirse la independencia, en mi recorrido de escritora, hubo un cabeceo, una interrogación profunda que me hizo guardar un largo silencio: diez años sin publicar, durante los cuales, sin embargo, pude recorrer mi país haciendo reportajes, estudios y localizaciones para mis películas, embargada como estaba por la necesidad de dialogar con campesinas procedentes de regiones de muy diversas tradiciones, necesidad también de regresar a mi tribu materna. (…)

»A los cuarenta años, regresé a París, la ciudad de mis estudios. Allí decidí escribir a distancia apuntando al corazón mismo de Argelia, sus profundidades, su memoria más oscura, en un complejo entramado argelino-francés; pero aún me faltaba encontrar una forma y una estructura narrativas que se correspondieran con esos interrogantes y con esa ambición. (...)

»Instalada desde entonces en el corazón del antiguo “imperio”, me apartaba de la sociedad francesa, de la que tan solo conservaba la lengua. Lengua de escritura convertida en mi único territorio, aun cuando me limitaba más bien a acampar en sus orillas. Como si, habiendo salido desnuda de mi país, solo esta lengua me cubriera. ¡Mi único abrigo! Hasta entonces, la escritura francesa había sido para mí como un velo, al menos en mis primeras novelas, ficciones que, rehuyendo la autobiografía, tan solo se aproximaban a los lugares de la infancia, bajo la luz deslumbradora del sol o a la penumbra de las casas tradicionales. Desde entonces, me resolví con determinación a escribir “delante” y “dentro” de mi país, en una especie de alejamiento próximo, necesitada de una perspectiva más amplia, como el fotógrafo que retrocede para encuadrar mejor. Con o a pesar de la lengua “extranjera”, decidí interrogar a mi país. Sobre su historia, su identidad, sus heridas, sus tabúes, sus ignoradas riquezas y la desposesión colonial de más de un siglo. No se trataba de protestas ni requisitorias. ¡Habíamos pagado muy caro por nuestra independencia! Era cuestión de la memoria, de los tatuajes de la rebelión y la lucha que permanecían imborrables en nuestros corazones y hasta en el destello de nuestra mirada, que había que inscribir y conservar, ¡aunque fuera con letras francesas y alfabeto latino! (…)»

 

«La imperiosa voluntad de no olvidar», discurso pronunciado por Assia Djebar con motivo de la recepción del Premio de la Paz 2000 el 22 de octubre de 2000 en Francfort