ANGELA DAVIS

Angela Davis, la revolución negra

Publicada 'Una historia de la conciencia', un ensayo de la activista que coincide en las librerías con nueva edición de su 'Autobiografía', a cargo de Capitán Swing

M. Ángeles Cabré, El País, 23.06.2016

Es tiempo de activismo, de reformatear el mundo para hacerlo más sostenible y más justo; tiempo de cristalizar el espíritu de todos los hombres y mujeres que creyeron en el bien común, dejándose a menudo la piel en el intento. Y aunque la revolución vaya casi siempre unida al impulso de la juventud, los veteranos y las veteranas que desbrozaron el camino tienen mucho que enseñar, porque no se puede avanzar si no se mira al pasado por el retrovisor. Una de ellas es Angela Davis (Birmingham, Alabama, 1944), crecida “bajo lo que podríamos llamar los vestigios visibles de la esclavitud, la inferioridad forzosa de los negros: sistema educativo aparte, barrios aparte, instituciones culturales aparte…”.

La cita pertenece a uno de sus ensayos, reunidos en Una historia de la conciencia, que acaba de publicar Ediciones del Oriente y del Mediterráneo —dentro de la colección Biblioteca Afro Americana Madrid (BAAM)— y coincide en las librerías con una nueva edición de su Autobiografía a cargo de Capitán Swing, que abre un prólogo de Arnaldo Otegui. La excusa para la publicación de estos dos libros es el 50 aniversario del nacimiento de los Black Panthers, cuyo primera tarea fue formar patrullas ciudadanas destinadas a evitar la brutalidad policial contra la comunidad afroamericana, brutalidad que aún persiste, a tenor de algunas grabaciones recientes. Angela Davis militó en dicha organización, del mismo modo que lo hizo en el Partido Comunista, y ambas cosas le salieron muy caras. “Quienes no hemos nacido negros o mujeres difícilmente podremos llegar a comprender en toda su dimensión la discriminación que estas han sufrido”, escribe Otegui. Sin entrar a valorar si era la persona adecuada para firmar este prólogo —la organización terrorista ETA y los Blank Panthers no son ni de lejos lo mismo—, hay que decir que sus palabras son acertadas.

Heredera de Rosa Parks, Martin Luther King y Malcolm X, Angela Davis dijo no a la segregación racial, a la opresión y al patriarcado. Su historia salió a la luz cuando en septiembre de 1969 fue despedida del departamento de filosofía de la UCLA (Universidad de California en Los Ángeles), donde enseñaba Pensamiento Europeo —tras haberse formado entre otros con Marcuse, Adorno y Habermas—, por pertenecer al Partido Comunista; una evidente demostración de que la caza de brujas del macarthismo aún coleaba. Al año siguiente se hallaba encarcelada acusada de asesinato, secuestro y conspiración.

El proceso kafkiano de ser perseguida por el FBI, ocultar su pelo afro tras una peluca lisa y acabar entre rejas es el que cuenta en su Autobiografía, editada en su día por la hoy Premio Nobel Toni Morrison. Su encarcelamiento levantó una verdadera oleada de protestas a nivel internacional y contribuyó a su liberación tras un largo período probando las agrias mieles del sistema carcelario. Y hasta John Lennon y Yoko Ono le dedicaron una canción titulada “Angela”, donde la llaman hermana. Convertida en una celebridad del black power y en una abolicionista convencida, siguió luchando. “Sabía que mi libertad tendría sentido solo si la empleaba en conseguir la liberación de aquellos cuya situación yo había compartido”, confiesa en su Autobiografía.

Aunque Davis destaca sobre todo por haber vinculado género, raza y clase: “Las alternativas que no aborden el racismo, la supremacía masculina, la homofobia, los prejuicios de clase y demás estructuras de dominación no conducirán, en último término, a la descarcelación”. Justamente en 2005 vino aquí a presentar la edición española de una de sus obras clave, Mujer, raza y clase, aprovechando para dirigir un seminario en el MACBA. Después, ya setentona, hace unos meses regresó para pedir la liberación de Otegui a las puertas de la cárcel donde este estaba preso.

Ángela Davis no ceja en su batalla y la suya es una vida entregada a la lucha por la igualdad y la libertad, desde la convicción que en el proceso de luchar en comunidad se alcanza “a vislumbrar nuevas posibilidades que de otro modo nunca habrían surgido ante nosotros”.

 

UNA HISTORIA DE LA CONCIENCIA

«El que no habla es vulnerable». Angela Davis

 

«Si no hay lucha no hay progreso».  Frederick Douglass, citado por Barack Obama en su discurso  inaugural del Mes de Historia Negra, 1-2-2011

 

 

 

La trayectoria vital e intelectual de Angela Davis se enmarca en la tradición estadounidense de la resistencia civil, que nace con las revueltas de los primeros africanos trasladados por la fuerza al hemisferio occidental. Como tantos militantes que pusieron en cuestión la legitimidad de las leyes del Estado, ha sido perseguida, encarcelada y difamada. En 1970, cuando saltó a la escena pública internacional al ser incluida entre los criminales más buscados por el FBI, se la presentó como una revolucionaria violenta y «enemiga del Estado». En realidad, era una ciudadana consciente, que participaba en la organización de un movimiento cuyo objetivo era lograr la inconstitucionalidad de la pena de muerte y la liberación de los presos políticos. Profesora de Filosofía en la Universidad de California en Los Ángeles, nunca ocultó su pertenencia al Partido Comunista, convencida de que el activismo político no era incompatible con ser una educadora eficiente. Pero en 1969 Ronald Reagan, gobernador de California, preparaba su candidatura a la Casa Blanca y necesitaba demostrar a los conservadores que era capaz de aplastar a los activistas de izquierdas —especialmente a los negros, muy implicados en la reivindicación de sus derechos civiles—. En consecuencia, forzó la expulsión de la joven profesora, un suceso que resultaría mucho más mediático de lo previsto. Al recibir la noticia de su destitución, Angela Davis decidió continuar impartiendo sus clases al aire libre. A sus estudiantes habituales, se sumaron entonces cientos de otras disciplinas, que manifestaron su repulsa a lo que consideraban un despido injusto. Finalmente, fue readmitida. Sin embargo, empezó a recibir cartas injuriosas y amenazas de muerte. Una de las dos armas que adquirió para defenderse, desencadenaría su persecución por parte del FBI. 

Como activista en favor de los derechos de los presos y contra la pena de muerte, formó parte de la defensa de Soledad Brothers, tres reclusos de la prisión californiana de Soledad acusados de promover huelgas y revueltas, en una de las cuales fallecieron dos presidiarios y un vigilante. El Estado pedía para ellos la pena capital. George Jackson, que llevaba diez años entre rejas por asalto a una gasolinera (70 dólares de botín), se hizo marxista, integrante del Black Panther Party y escritor. En uno de sus libros —Soledad Brother: The Prison  Letters of George Jackson (1970)[1]—, incluyó la correspondencia mantenida con la profesora universitaria. La visibilidad de Angela en la causa de los Hermanos Soledad y su acercamiento a los Black Panthers, desencadenaron su expulsión definitiva de la universidad («Me había convertido en un símbolo a destruir»). [...]

 

(del Prólogo de Mireia Sentís)


[1] Soledad Brother: Cartas de prisión, Barral, Barcelona (1971).

 

Ficha técnica:
Autor: Angela Y. Davis
Título: Una historia de la conciencia (ensayos escogidos)
Traducido del inglés por Inga Pellisa
ISBN 978-84-943932-7-3 - 336 páginas - PVP 15 euros

colección Biblioteca Afro Americana Madrid BAAM, 8

Grabación íntegra de la presentación a cargo de José Luis Gallero, Mireia Sentís, Mercedes Gallizo y César Lorenzo en la librería Traficantes de Sueños

Angela Davis: “Raza, género y clase son elementos entrelazados”

por María Colera Intxausti - Diagonal, 08/09/16

Hablamos con la histórica activista e investigadora sobre feminismo, racismo y sistema penitenciario.

Maria Colera entrevista a Angela Davis, filósofa, profesora de Historia de la Conciencia en la Universidad de California, histórica dirigente del Partido Comunista de EE.UU., ex miembro de las Panteras Negras e investigadora especializada en feminismo, marxismo, abolicionismo del sistema penitenciario, teoría crítica y estudios afroamericanos.

 

En el ensayo '¿Están las prisiones obsoletas?' (Democracia de la abolición. Prisiones, racismo y violencia. Editorial Trotta 2016), hablas del encarcelamiento masivo de los pobres y de los migrantes ilegales. El capitalismo considera a estas personas como seres prescindibles pero los utiliza como mano de obra esclavizada barata al mismo tiempo que los convierte en consumidores cautivos del excedente de producción, excedente que se sitúa en el origen mismo de una crisis económica que, la vez, genera pobreza y migración, en un bucle perfecto. ¿Observas algún paralelismo entre estas políticas de encarcelamiento y el proceso desarrollado durante la transición del feudalismo al capitalismo, en el que millones de personas fueron expulsadas de las tierras que hasta entonces habían sido su medio de reproducción y fueron forzadas a la esclavitud del salario?

Ciertamente, existen paralelismos entre ambas épocas, pero lo que quizá es más importante es constatar que también hay diferencias considerables entre los dos períodos. En la transición del capitalismo al feudalismo, tal como Marx la describió, los cercamientos y otros procesos de desposesión privaron a la gente de las tierras que constituían su fuente de subsistencia y, de manera simultánea, generaron una clase de personas a quienes no les quedó nada más que su fuerza de trabajo. Así, pues, se convirtieron en la mano de obra necesaria para que el capitalismo naciente pudiera incrementar su riqueza. Aquellas personas fueron liberadas de los constreñimientos del feudalismo, pero se vieron forzadas a cambiar una forma de opresión por otra.

Si bien es cierto que suele resultar inútil hacer un ranking de las diferentes formas de opresión, se puede afirmar que, a pesar de que el capitalismo depende total y absolutamente de la explotación, el hecho de dejar atrás la esclavitud y el feudalismo supuso cierto grado de progreso. Algunos trabajadores al menos encontraron su camino hacia el empleo, por degradante que fuera y siga siendo el trabajo.

Por otra parte, el complejo penitenciario industrial global es ciertamente rentable, pero su rentabilidad reside en las tecnologías destinadas a relegar ingentes cantidades de personas a unas vidas marginales, improductivas y cargadas de violencia. El encarcelamiento masivo de personas negras, de color e inmigrantes en EE UU, Australia y partes de Europa, junto con la persistencia de un racismo y una xenofobia estructurales, son prueba del fracaso absoluto del capitalismo global a la hora de responder a las necesidades de personas reales en todo el mundo.

Se podría argumentar, igualmente, que ello también es la prueba más convincente de la necesidad de concebir un sistema socioeconómico más allá del capitalismo. Así, pues, el movimiento abolicionista contemporáneo, en su llamamiento a desmantelar el complejo penitenciario industrial, se presenta como un movimiento anticapitalista que exige igualdad racial, puestos de trabajo con salarios vivibles, vivienda asequible, sanidad y educación gratuitas y justicia medioambiental para todos los seres vivos.

 

Abogas por la justicia restaurativa, en lugar de la punitiva. ¿Cómo se restauran la desigualdad y la injusticia causadas por el proceso de acumulación primitiva que conforman la base del capitalismo? En otras palabras, ¿qué forma tendría una justicia restauradora destinada a reparar el 'pecado original' de explotación y acumulación que se encuentra en el origen de las desigualdades de redistribución de nuestras sociedades?

Efectivamente, a menudo he utilizado el término 'justicia restauradora', junto con otros, como 'justicia reparadora' y 'justicia transformadora', como alternativas a la justicia punitiva o retributiva. De hecho, prefiero el término 'justicia transformadora', ya que no presupone la existencia de un estado ideal que sea necesario restaurar.

Respondiendo a tu pregunta, me gustaría destacar la importancia de la memoria histórica, especialmente en cuanto a la necesidad que hay hoy en día de un análisis explícitamente anticapitalista. "La llamada acumulación originaria" es uno de los capítulos más importantes de El capital, precisamente porque desenmascara la expropiación, injusticia y violencia que marcaron el inicio del capitalismo y que, aunque pudiera parecer que ya no es así, siguen en el centro del proceso capitalista. A finales del siglo XX, el complejo penitenciario industrial comienza a mostrar el grado en que las sociedades capitalistas continúan basándose en ideologías racistas y coloniales a la hora de fabricar tecnologías de violencia, reflejo, a su vez, de la violencia histórica ligada a la esclavitud y a la colonización.

 

Has hablado de nuestra problemática reacción automatizada con que a menudo respondemos al crimen y al delito, recurriendo a las instituciones jurídico-policiales, en vez de diseñar soluciones desde dentro de la comunidad. En el caso concreto de la violencia sexual, abogas por la autodefensa, lo cual nos lleva al tema de las mujeres y la violencia. En '¿Están las prisiones obsoletas?' haces referencia a la «necesidad de cuestionar las premisas imperantes según las cuales la única relación posible entre las mujeres y la violencia implica que las mujeres sean víctimas». ¿Qué opinas del uso disuasorio y disciplinandor de la violencia feminista como mecanismo dirigido a defendernos a nosotras mismas? ¿Qué es la autodefensa feminista para ti?

Siempre he tenido un cuidado especial en la manera en que utilizo el término 'violencia'. Como estudiosa de la teoría crítica, siempre me recuerdo a mí misma que las herramientas conceptuales que decido utilizar podrían estar haciendo un trabajo que, en realidad, contraviene lo que pretendo expresar. Así, pues, trato de no equiparar 'autodefensa' y 'violencia contra el agresor'. Y mi apuesta por la formación en autodefensa se inserta en un contexto más amplio, basado en un análisis que vincula la violencia misógina con los sistemas de dominación de raza, género y clase, dentro de una estrategia que pretende purgar nuestras sociedades de toda forma de explotación y violencia.

 

En 'Mujeres, raza y clase' (Akal, 2004) desmontas el mito del violador negro y explicas que «fue una invención claramente política», propaganda construida con el fin de consolidar y justificar los linchamientos, como método de 'contrainsurgencia' destinado a evitar que los negros alcanzaran sus derechos. El pasado fin de año asistimos al despliegue de este mismo mito en Colonia, en este caso en los cuerpos de hombres "de apariencia árabe o norteafricana", en un nuevo ejemplo de 'purple washing' o utilización de una supuesta defensa de las mujeres para criminalizar a los solicitantes de asilo y a los residentes ilegales, de una manera que parece estar lanzando el mensaje de que "a nuestras mujeres sólo las podemos violar nosotros". ¿Cómo interpretas esta utilización de los derechos de las mujeres (velo, violador negro, opresión de las mujeres afganas ...) para otras cruzadas? 

En su libro 'Arrested Justice: Black Women, Violence, and America's Prison Nation' [La justicia bajo arresto: mujeres negras, violencia y la nación prisión de América], Beth Richie expone los peligros de confiar en tecnologías de criminalización como supuestas soluciones a los problemas de la violencia de género. Su argumento es que el movimiento antiviolencia predominante en EE UU dio un giro peligrosamente equivocado cuando comenzó a apoyar la represión policial y el encarcelamiento como principales estrategias destinadas a proteger a las «mujeres» de la violencia masculina. Era fácilmente previsible que quienes más estarían el punto de mira de estas iniciativas destinadas a garantizar la seguridad de las «mujeres» serían los hombres de comunidades ya sometidas a una hipervigilancia de la policía y que ya contribuían de manera desproporcionada al incremento de la población penitenciaria.

Resulta, sin embargo, que el uso generalizado de la categoría 'mujer' escondía una racialización clandestina operativa dentro de esta categoría, según la cual 'mujeres' en realidad significaba 'mujeres blancas' o, aún más concretamente, 'mujeres blancas acomodadas'.

El caso de Colonia y el discurso sobre el violador árabe, que pretende consolidar aún más las representaciones colonialistas de los hombres árabes como agresores sexuales, nos recuerdan la importancia de las teorías y prácticas feministas que cuestionan la instrumentalización racista de los 'derechos de las mujeres' y enfatizan la interseccionalidad de las luchas por la justicia social.

 

En las últimas décadas, hemos experimentado lo que Nancy Fraser define como "desacoplamiento de las llamadas 'políticas identitarias' de las políticas de clase", en lo que se ha convertido en una lucha por el reconocimiento, en lugar de por la redistribución, con un desplazamiento del sujeto colectivo hacia uno individual(ista). Tú, en cambio, siempre has defendido las 'comunidades de lucha', al considerar que "las comunidades son siempre proyectos políticos". ¿Qué opinas sobre las políticas identitarias y cuáles son, en tu opinión, las luchas y los proyectos políticos que deberían situarse en el centro, en la actual era de hegemonía neoliberal?

Lo que encuentro más problemático de las políticas identitarias es la manera en que las identidades muy a menudo se naturalizan y no son consideradas como un producto de la lucha política, de modo que no se sitúan en relación con las luchas de clase y antirracistas.

Recientemente, el movimiento trans, por ejemplo, se ha convertido en un importante territorio donde luchar por la justicia. Con todo, hay una diferencia fundamental entre las representaciones dominantes de las cuestiones trans, que habitualmente hacen hincapié en la identidad individual, y los movimientos trans interseccionales, que consideran que tanto la raza como la clase son elementos fundamentales en las luchas de las personas trans. En vez de centrarse en el derecho de la persona a 'ser' él mismo, ella misma, o ell@ mism@, estos movimientos trans afrontan la violencia estructural (en manos de la policía, la prisión, el sistema sanitario, el sistema de la vivienda, el ámbito laboral, etc.) que las mujeres trans de color tienen más probabilidades de experimentar que ningún otro grupo de la sociedad. En otras palabras, luchan por unas transformaciones radicales de nuestras sociedades en contraposición a la asimilación en un estado de cosas determinado e inamovible. [...]

 

Artículo completo publicado el 8 de septiembre de 1916 en la revista Diagonal