ANDRÉ GIDE

ATHMAN O LA LÁMPARA MARAVILLOSA

Biskra.

 

Ayer estuvimos por las huertas: seguimos los caminos que nos llevaron primero a N’Msid y luego a Bab el Derb. Llegamos hasta la antigua fortaleza y regresamos por Sidi Barkat. El paseo fue largo, y M. estaba cansado. — Athman estaba con nosotros y R.; Larbi nos acompañaba. Tomamos café a la entrada de N’Msid, ante el lecho del Guad, Laliah y los montes del Aurès.

No me gusta tanto este paisaje como la vaga extensión del desierto, al otro lado. Larbi, tramposo y encantador, jugaba con nosotros al dominó. Espero a Jammes con una deliciosa impaciencia. La tierra habla aquí una lengua diferente, pero que ahora comprendo.

El año pasado, mi habitación estaba en la planta baja del hotel; lo único que me separaba del exterior era la altura del antepecho de mi ventana abierta, que podía franquearse de un salto. Sadeck, el hermano mayor de Athman, y algunos otros del Biskra de antaño, durante el Ramadán pasaban a mi cuarto a descansar un rato antes de regresar a su pueblo. Yo tenía dátiles, pasteles, almíbares y mermeladas. Era de noche; Sadeck tocaba la flauta, y nosotros sabíamos permanecer largo rato silenciosos.

Por la noche, solo cerraba los postigos. Entraban todos los sonidos del exterior. Por la mañana, me despertaban antes del alba, y me iba hasta donde comenzaba el desierto a ver salir el sol. En ese momento pasaba el rebaño de Lassif, compuesto por las cabras de los pobres, quienes, como no tenían huerta, le confiaban todas las mañanas sus cabras, y Lassif las conducía a pastar al desierto. Antes del alba, llamaba a la puerta, esta se abría y salían hacia él unas cuantas cabras. Cuando dejaba el pueblo, llevaba consigo más de sesenta.

Se iba con ellas muy lejos, hacia Foncaliente, donde hay orobancas y euforbios. A veces, cuando se cansaba de andar, o bien por distraerse, pues no sabía tocar la flauta, se montaba en un enorme macho cabrío que tenía. Una mañana en que había partido sin pasar ante mi ventana, me acerqué a buscarlo al desierto.

El desierto me gusta infinitamente. El primer año, me producía un poco de respeto por culpa del viento y la arena; además, al no tener un destino adonde ir, era incapaz de detenerme y enseguida me cansaba. Prefería los caminos sombreados bajo las palmas, las huertas de Ouardi y los pueblecitos. Pero el año pasado me di largos paseos. Mi único objetivo era perder de vista el oasis. Caminaba; caminaba hasta sentirme por fin infinitamente solo en medio de la llanura. Entonces me ponía a mirar. Los montículos de arena tenían su vertiente como aterciopelada por la sombra; cada soplo de viento encerraba susurros maravillosos; debido al enorme silencio, se oía hasta el sonido más sutil. A veces un águila alzaba el vuelo por encima de la gran duna. Cada día que pasaba, aquella monótona extensión me parecía más diversa y seductora.

Conocía a los pastores de los rebaños nómadas; iba a su encuentro; hablaba con ellos; algunos tocaban deliciosamente la flauta. A veces me sentaba largo rato a su lado sin hacer nada; siempre llevaba un libro, pero casi nunca lo abría. No solía regresar hasta el atardecer. — Pero Athman, cuando le conté mis correrías, me dijo que eran una imprudencia, y que había árabes que merodeaban en torno a los oasis y desvalijaban a los extranjeros indefensos; digamos que su oficio era atacarme. A partir de entonces, quiso acompañarme, pero, como no le gustaba caminar, mis correrías se hicieron menos prolongadas y, más tarde, cesaron.

Athman lee como Bouvard y escribe como Pécuchet. Se instruye con todas sus fuerzas y copia lo primero que le cae en las manos. Prefiere La Joie de Maguelonne, de Hérold, a la Tentative amoureuse; mi Tentative la encuentra mal escrita. «Emplea usted demasiado la palabra ‘hierba’», me dice.

Le paso Las mil y una noches. Una tarde se lleva el libro a Bordj Boulakras, donde duerme, para leerlo con su amigo Bachaga. Al día siguiente, no aparece hasta las diez, todavía medio dormido; me cuenta que estuvieron leyendo la historia de Aladino hasta las dos de la madrugada, y añade: «¡Ah, pasamos una estupenda noche nocturna!» — Nocturno, para él, es cuando se permanece en vela.

 

Al final del oasis, en las ruinas desiertas de la antigua fortaleza, junto a la que pasamos una noche de luna llena, unos árabes, vestidos de blanco y tumbados en el suelo, hablan en voz baja, y uno de ellos toca muy quedo la flauta. «Van a pasar la noche nocturna contándose cosas», me dice Athman. — En verano nadie se atrevería a tumbarse así; los escorpiones y las víboras cornudas, escondidos en la arena durante el día, salen a merodear cuando llega la noche. — Nos bajamos del coche un poco más lejos; ya no hay palmeras; la noche parece agrandar todo el desierto hasta el horizonte donde clarea el sol. Hasta Jammes guarda silencio. De repente Athman, en un arrebato lírico, se quita el albornoz, se recoge la gandura y hace la rueda al claro de luna.

Athman ha encontrado algo así como unas «Vidas de hombres ilustres» — y ahora, cuando habla de camellos, cita a Buffon o Cuvier; no habla de amistad sin citar a Henri IV y a Sully, a Bayard si habla de valentía, y a Galileo si de la Osa Mayor se trata.

Escribe a Degas, le envía un bastón de caña y le dice: «Lo que me agrada es que a usted no le gustan los judíos, que lee La Libre Parole y que le parece, como a mí, que Poussin es un gran pintor francés.»

Jammes se entretiene dándole para que lea estos versos que improvisa mientras esperamos el coche que debe llevarnos a Droh:

 

A mi amigo Athman.

 

Mi querido amigo Athman,

los almendros,

la higuera y el grosellero silvestre

son para sentarse

encima cuando el cansancio es grande.

 

Uno se queda quieto

y cierra los ojos.

Somos felices perezosos.

En el jardín se escucha

el agua clara que canta

como una mujer agarena.

 

Está tan bien ser perezosos

cerrando los ojos

como si durmiéramos,

Athman, tan bien estamos,

de un perezoso macanudo

que diríase que muertos estamos.

 

Desde que ha llegado Jammes, Athman se pasa el día y la noche haciendo versos. A veces le salen cosas bonitas:

 

Bajo las palmeras no hay conciertos...

 

y también:

 

..... El que conoce

El amor ha bebido con creces el agua amarga

Y el tiempo ya no le interesa.

 

pero mucho me temo que le salen por casualidad. Además, solo tiene diecisiete años.

Sigue leyendo asiduamente Las mil y una noches; se sabe de memoria la historia de Aladino y últimamente firma sus cartas:

 

«ATHMAN

O LA LÁMPARA MARAVILLOSA.»

 

 

Jammes me regala su bastón. Es de madera de jabí y viene de las «Islas»; la cabeza de galgo en que termina divierte a los niños de aquí; a pesar de que está tan groseramente confeccionada que parece tallada con un cuchillo, es lisa como el jade. Nunca había visto una cosa tan rara. A lo largo del bastón, versos en letras mayúsculas como estos:

 

«Una ardilla tenía una

Rosa en la boca,

Un burro la trató de loca.»

 

o estos otros, que colocaba encabezando sus cartas:

 

«Una abeja dormita

En las landas de mi corazón.»

 

 

Touggourt, 7 de abril.

 

Hoy condecoran a un pocero árabe.

Antes de las compañías de sondeos y de pozos artesianos, los árabes tenían poceros. A veces es necesario buscar el agua hasta 70 e incluso 80 metros bajo tierra. Hay hombres que lo hacen.

Los han adiestrado desde jóvenes en este penoso oficio, pero muchos perecen en él. Hay que atravesar tres capas de tierra y dos de agua — la primera estancada, la segunda tan solo ascendente, hasta llegar por fin a la última capa, que es la que brota. El agua surge entonces, a veces admirablemente clara y abundante, pero casi siempre cargada de sodio y magnesio. El esfuerzo de estos poceros, que se zambullen para trabajar por debajo del agua, es inimaginable; dicen que este era de los más capaces. De lo que se trata es de practicar un pozo, un pasillo, en medio del agua, donde esta no pueda penetrar y en el que se pueda trabajar y seguir excavando, y todo eso dos veces, atravesando esas dos capas líquidas, hasta establecer un conducto para el agua clara, que debe elevarse a través del agua estancada sin ensuciarse.

Ese mismo día, en uno de esos pozos cuadrangulares formados por troncos de palmeras, vimos descender a un hombre, suspendido a una cuerda —a 60 metros de profundidad— para reparar un desperfecto.

De modo que condecoraron al pocero árabe; por la noche, se volvió loco.

 

En Touggourt, la capa de agua estancada casi aflora. Aquí no corre el agua clara como en Chetma o como en los canales móviles de Biskra, sino que son fosas de agua estancada, que apestan, cubiertas de malas hierbas; aunque también hay un riachuelo que atraviesa el oasis, sabiamente repartido entre las palmeras. En el fondo, entre las hierbas se deslizan culebras de agua.

El oasis está cercado por la arena; ayer levantada por una espantosa tormenta. El horizonte parecía replegarse hacia nosotros como si nos tapáramos con una manta; no se veía nada y apenas se podía respirar.

Cerca de la ciudad hay un cementerio miserable que la arena invade lentamente; todavía se distinguen algunas tumbas.

En el desierto, la idea de la muerte te persigue; cosa admirable, no es triste. En Biskra, detrás de la antigua fortaleza, en el centro mismo del oasis, las lluvias han abarrancado el antiguo cementerio, y, como a los muertos se los sepulta directamente en la tierra, en algunos sitios la deshecha osamenta abunda tanto como las piedras.

La tormenta de arena duró hasta por la tarde; mientras se ponía el sol, subimos a lo alto del alminar: las palmeras estaban mortecinas, y la ciudad jadeaba bajo un cielo color de ceniza.

Un viento inmenso venía del este, como un soplo de maldición divina que hubiesen anunciado los profetas. Y en esta desolación, vimos alejarse una caravana.

Las Ouled bailan aquí mejor que en Biskra, y son más guapas; es más, solo aquí las he visto bailar bien. Hemos regresado, sin cansarnos, a esta danza grave y lánguida, casi toda ella de brazos y muñecas, muy decente, — aturdidos, casi extenuados por esta música obstinada, rápida, huidiza, embriagadora, que conduce al éxtasis, que no se calla cuando se la abandona, y que todavía me obsesiona algunas noches, como el desierto.

Habría querido pasar aquella noche en la plaza donde acampaban las caravanas. Las hogueras velaban; unos árabes hablaban en voz baja; otros cantaban; estuvieron cantando toda la noche.

 

Athman me cuenta la historia de la mujer de Urías.

Según la tradición árabe, mientras David, que él llama Daoud, perseguía una paloma de oro por las salas de su palacio, terminó en una elevada azotea desde donde se divisaba a Betsabé.

Athman prosigue: «... el judío le dijo que Moisés tenía razón y que Dios llevaría consigo primero a los judíos, luego a los árabes y, tal vez, incluso a los cristianos. El cristiano le dijo que Cristo tenía razón, y que Dios llevaría consigo a los cristianos, pero también a los árabes e incluso a los judíos. El árabe le dijo que era Mahoma el que tenía razón y que Dios conduciría a su paraíso a los árabes, pero que cerraría la puerta a los judíos y a los cristianos que no se hubieran convertido. Y tras escuchar a los tres, al momento se hizo musulmán.»

Los cristianos son más antiguos que ellos. Dicen, o al menos les gusta decirme, que un cristiano, si pronuncia antes de morir la fórmula del Credo del Islam: «Dios es Dios, y Mahoma es su profeta», entra en el Paraíso antes que un árabe.

— Los rumíes, añaden, son superiores a nosotros en muchas cosas; pero les da miedo la muerte.

 

 

Touggourt, 9 de abril.

 

Árabes acampados en la plaza, hogueras que se encienden; humo casi invisible en la noche. Estábamos en lo alto de la mezquita cuando subió el almuédano a cantar la llamada a la oración.

El sol se ocultaba tras la interminable llanura extenuada, como si fuera para siempre. La arena, que ya hacía tiempo había empalidecido, se volvió más oscura que el cielo.

El sol nos había hecho padecer todo el día, y el frescor de la noche nos resultaba deleitoso. Unos niños jugaban en la plaza, y los perros ladraban desde las azoteas de las casas. Por encima de nosotros, la voz del almuédano llenaba la pequeña cúpula que corona el alminar; al prolongarse en una nota única, parecía una resonancia de campana; luego se detenía, repentinamente, dejando un vacío en el aire.

A consecuencia de la extraordinaria sequía, este año ha muerto todo el ganado, y la carne escasea tanto que no queda más remedio que comer camello.

Al salir de la ciudad, protegida por un tejadillo de palmas secas, vemos despiezada una de esas enormes bestias, cuya carne violácea cubren las moscas en cuanto se las deja. En este país las moscas son tan numerosas como la descendencia de Abraham. Ponen los huevos en las carroñas abandonadas, corderos, caballos o camellos, que se pudren al sol; las larvas se desarrollan allí a sus anchas y, al transformarse, caen sobre las ciudades en enjambres, en hordas. Te las tragas, las respiras, te cosquillean, te hartan y te ofuscan; vibran las paredes, y crepitan los mostradores de carniceros y tenderos. En Touggourt, los tenderos tratan de echárselas al vecino con ayuda de unas escobillas de palmas. En Kairouan, hay tantas que lo mejor es dejarlas. Los tenderos ya no las espantan más que cuando un cliente quiere ver la mercancía. Nuestro coche llegó envuelto en una nube. En el hotel, los platos y los vasos se protegían con unas tapaderas metálicas que solo se quitaban, se levantaban, para comer o beber.

 

 

M’Reyer, 11 de abril.

 

Prestigiosos Chotts ribeteados de espejismos; — desde lo alto de una colina arenosa, ante la inmensa extensión del desierto, «¡El mar!», nos suponemos. Un vasto mar azul, con esquifes e islas, un mar que se supone profundo; ¡y nuestra alma se refresca! – Uno se aproxima, toca el borde y, bruscamente, el azul desaparece – pues no era más que un reflejo del cielo sobre una superficie salada, que abrasa los pies, hace daño a la vista y cede bajo los pasos, frágil y delgada corteza de un mar de movedizo barro donde se sepultan las caravanas.

En una cena con oficiales, el teniente coronel que se sienta a mi lado me habla del Sur. Había vivido mucho tiempo en Ouargla; acababa incluso de regresar de El Goléah, y rememoraba la marcha de los soldados en la arena. A menudo, en las arenas movedizas, ardientes y vibrantes de sol, una especie de vértigo peculiar les hacía sentir, bajo los pies descalzos, reblandecerse el suelo; incluso de pie, al detenerse, prosigue el zarandeo, y el suelo parece seguir huyendo. A veces, en medio de las arduas arenas, aparecía un estrecho filón de caliza, una especie de conglomerado, algo duro, lo suficientemente ancho como para que los soldados pudieran turnarse y posar allí un instante los dos pies a fin de recuperarse un rato sobre aquella estrecha resistencia.

Para castigar a un soldado, se le obliga a «seguir». Marchar en la cola de la tropa es matador; los de delante no pueden estar pendientes de los que se retrasan; sucede que, en ocasiones, algunos se descuelgan, vacilan, caen y se los traga el desierto. Los últimos marchan en medio de la sofocante polvareda levantada por la tropa, sobre esa tierra tan blanda, más blanda todavía tras haber sido hollada por todos los demás. Si uno se desvanece, se acabó; contempla a los otros alejarse mientras cree cobrar aliento; las aves que siguen a lo lejos al batallón en marcha, se detienen, esperan – y, finalmente, se aproximan.

 

Entre la arena a veces aparecen cristales de yeso, restos de puntas de flecha que brillan como mica. Camino de Droh, encontramos piedras que, al romperlas, tenían su interior transparente y como hueco.

Camino de El Oued, cogimos algunas de esas extrañas flores minerales, conocidas como «rosas del Souf», también grises, y que están formadas por un poco de arena conglutinada.

 

 

Biskra.

 

El sonido de los tambores negros nos atrae. ¡Música negra, cuántas veces la escuché el año pasado! ¡Cuántas veces fui en pos suya! Ningún tono, sólo ritmo, ni un instrumento melódico, tan solo instrumentos de percusión, tambores alargados, tamtanes y crótalos...

«Florentes ferulas et grandia lilia quassens», crótalos que, en sus manos, se convierten en un chaparrón  agotador. Ejecutan auténticas piezas rítmicas a tres; ritmo impar, singularmente entrecortado de síncopas, que enloquece y excita la sensualidad. Son los músicos de las ceremonias fúnebres, festivas y religiosas; los he visto sostener la exaltación de las plañideras en los cementerios; exasperar la locura mística de los Aissaouas en una mezquita de Kairouan; los he visto acompasar la danza de los palos y las danzas sagradas en la pequeña mezquita de Sidi Maleck; y yo era siempre el único francés que los veía. No sé adónde van los turistas; supongo que los guías acreditados les preparan un África a la medida a fin de librar de inoportunos a los árabes, amigos del secreto y de la tranquilidad, pues nunca me los encontré cuando había algo interesante, y, por fortuna, muy raramente en los antiguos poblados del oasis, adonde acudía todos los días y donde mi presencia ya no chocaba a nadie. Sin embargo, los hoteles rebosan de viajeros; pero caen en la trampa de guías charlatanes y pagan enormemente caro las ceremonias falsificadas que representan ante ellos.

Tampoco había un solo francés el año pasado en la extraordinaria fiesta nocturna a la que asistí casi por casualidad, llamado tan solo por el sonido del tamtan y las albórbolas de las mujeres. La fiesta era en el barrio negro; un cortejo danzante de mujeres y músicos subía por la calle ancha, precediendo a los que llevaban las antorchas y a un grupo de niños que reían y conducían por los cuernos un gran carnero negro cubierto de tejidos y adornos. Llevaba brazaletes en los cuernos, un enorme aro de plata en la nariz, collares en el cuello e iba cubierto por un viejo retal de seda carmesí. Entre el grupo que seguía al cortejo reconocí al grandullón de Ashur; me explicó que el carnero iba a ser sacrificado por la noche para que trajera suerte al barrio; antiguamente, lo paseaban por las calles, a fin de que los malos espíritus de las casas, que se atrincheran en el umbral de la puerta, entraran en él y desaparecieran.

¡Música negra! Cuántas veces he creído escucharte lejos de África, e instantáneamente en torno tuyo se recreaba todo el Sur; incluso en Roma, en la vía Gregoriana, cuando, al amanecer, me despertaban los camiones que bajaban la cuesta. Medio dormido aún, al oír el sordo golpeteo de los neumáticos sobre el adoquinado, permanecía confuso un momento — y luego me quedaba desconsolado durante largo rato.

Aquella mañana oímos la música negra, pero no se trataba en absoluto de una fiesta cualquiera. Estaban tocando en el patio interior de una casa particular, y, a la entrada, unos hombres trataron al principio de impedirnos el paso; pero algunos árabes me reconocieron y nos permitieron pasar. Lo primero que me sorprendió fue la gran cantidad de mujeres judías que se habían reunido allí, todas muy hermosas y ricamente vestidas. El patio estaba lleno; apenas quedaba espacio en el centro para la danza. El polvo y el calor eran sofocantes. Por arriba entraba un rayo de sol, entre los racimos de niños que se asomaban como si de un balcón se tratara.

La escalera que subía a la azotea estaba llena de gente; todos muy atentos, como enseguida lo estuvimos nosotros. En el centro del patio había un gran barreño de cobre lleno de agua. Se levantaron tres mujeres, tres árabes; antes de iniciar la danza, se despojaron de la ropa de encima, se colocaron ante el barreño, se soltaron el pelo e, inclinándose, lo extendieron sobre el agua. La música, que ya era muy fuerte, se intensificó; tras dejar que sus cabellos empapados se escurrieran por su cuerpo, comenzaron a danzar; era una danza salvaje y furiosa, de la que, si no se ha visto, es imposible hacerse una idea. La presidía una anciana negra que brincaba en torno al barreño y a veces golpeaba el borde con un bastón que sostenía en una mano. Entonces nos explicaron lo que ya habíamos comenzado a suponer, que todas las mujeres que danzaban aquel día (y, a veces, es tan grande el número que la danza se prolonga durante dos días), tanto las judías como las árabes, estaban endemoniadas.

Todas pagaban para poder danzar. La anciana negra del bastón era una bruja famosa, que se sabía los exorcismos; cuando agitaba el agua del barreño, estaba invitando a cada demonio a que se sumergiera en ella y liberara a la mujer.

Nos lo volvió a contar Goumarr’ha, una bella judía a quien no le gustaba mucho hablar de ello, porque en parte se lo creía y porque el último año, víctima de la histeria, ella también había tomado parte en la ronda «esperando encontrar un alivio para sus males». Pero después, aún se había puesto peor, y su marido, al enterarse de que había danzado en aquella ceremonia de brujas, le había estado pegando durante tres días seguidos para curarla.

... La danza se animaba; las mujeres, extraviadas y enloquecidas, buscaban la inconsciencia de los sentidos, o mejor, la pérdida del sentimiento, hasta alcanzar la crisis en la que el exorcismo puede actuar al escapar el cuerpo de la autoridad del espíritu. Tras el angustioso agotamiento, sudorosas y medio muertas, víctimas de la postración que sigue a la crisis, tal vez encuentren un alivio.

En este momento están arrodilladas ante el barreño; con sus crispadas manos en el borde, y sus cuerpos sacudiéndose de derecha a izquierda, adelante y atrás, velozmente, como un furioso balancín; sus cabellos azotan el agua y luego les chorrean sobre los hombros; a cada movimiento exhalan un grito grave como el de los leñadores cuando talan; luego, bruscamente, se desploman hacia atrás, como epilépticas, echando espuma por la boca y con las manos retorcidas. El mal espíritu las ha abandonado.

Entonces las coge la bruja, las extiende, las seca, las frota, las estira y, como se hace con la histeria, las coge por las muñecas y, levantándolas a medias, les presiona con el pie o la rodilla el bajo vientre. Nos dijeron que aquel día pasaron más de sesenta. Aún no habían dejado de convulsionarse unas, cuando ya otras se lanzaban. Una, baja y jorobada, iba vestida con una gandura verde y amarilla. Brincaba como el hada de ya no sé qué cuento. Sus cabellos negros de fuego la cubrían por completo.

... También bailaron judías. Brincaron desacompasadamente, como seres en delirio; nada más dar un brinco, caían postradas, como perdidas. Otras eran más resistentes, pero su locura se apoderaba de nosotros y, no pudiendo soportarlo más, acabamos largándonos.

 

 

Biskra.

 

—¿Quién inventó la música? —pregunta Athman. Le respondo: los músicos. No se queda satisfecho e insiste. Le respondo muy serio que Dios.

—No —replica en el acto—, el diablo.

Y me explica que, para los árabes, todos los instrumentos de música son instrumentos del infierno, excepto una viola de dos cuerdas cuyo nombre no recuerdo, que tiene el mástil muy largo y la caja de armonía está formada por el caparazón de una tortuga. Los cantantes callejeros, los poetas, los profetas y los cuentistas se acompañan con ella y la tocan, moviendo un pequeño arco, a veces tan armoniosamente que –dice Athman– parece que una puerta se abre en el cielo.

Me intrigan estos cantantes y poetas. ¿Qué cantan? ¿Y los pastores de cabras, cuando dialogan con la flauta? ¿Y Sadeck, con su guzla? ¿Y el propio Athman, solo, o en compañía de Ahmed, cada uno en su caballo, en Touggourt? Escucho, pero no consigo distinguir una sola palabra. Athman, a quien pregunto, me responde: «¡Es que no son frases, solo es poesía!» A fuerza de insistir, estos últimos días consigo que me transcriba y traduzca alguna de esas canciones. Las que cantan los cantantes callejeros, sentados en el suelo o a la puerta de un café, mientras un grupo de árabes silenciosos escucha alrededor, o las que ellos mismos se cantan en la soledad del interminable camino. No sé si serán del agrado de quien no conoce el país; casi no me atrevo a decir que a mí me parecen muy hermosas y que considero la tradición oral de esta poesía árabe, antigua y moderna, digna de figurar en el folclor. Transcribo aquí dos de estas canciones, tal y como Athman me las dio, corrogiendo tan solo la ortografía:

 

I.

 

Dos años dejé de hacer el amor y dije que era religioso

Viajé al Norte y encontré a Baya en una fiesta...

Se había puesto la peineta y los pendientes.

Y el puñal, con el espejo...

Sus cabellos caen sueltos,

Bien peinados y con colgantes de oro.

Nadie puede comprarla.

Solo ella o yo...

— Las chicas pidieron unas monedas —

Y yo sin nada (que soy pobre)

Mañana venderé unos corderos

Para las bellas de bonitas sortijas.

 

II.

 

Hoy se volvió al pasar;

Los flecos de su cinturón de oro acariciaban sus muslos —

— Pero lo que más me hace sufrir es su vestido blanco —

Me pasaré la noche corriendo

Y los perros ladrarán por mí[1].

 

Si Ramadán[2] fuera un hombre,

Yo mismo le quebraría las rodillas,

Pero Ramadán viene de Dios,

Y yo y tú aceptamos sus padecimientos.

 


[1] El amor es muy difícil entre nosotros, dice Athman al explicar la poesía, porque los perros, y toda la familia, guardan a las mujeres.

[2] El Ramadán es el ayuno de cuarenta días; ayuno de amor y también de alimentos y bebida.

ARGEL EN "AMYNTAS" EL DIARIO DE VIAJE DE GIDE POR ARGELIA

ARGEL (FORT NATIONAL)

 

Jueves, 15 de octubre. Llegada a Argel.

 

Hostería Gruber. — Desde esta animada sala donde ceno, desde esta sala demasiado iluminada, se distingue en la terraza gente sedienta y sudorosa; una acera; una rampa; y a continuación un abismo de noche: el mar.

 

 

Viernes por la mañana.

 

Noche atroz; aire espeso; a pesar del cansancio, pulgas, mosquitos, chinches y el ininterrumpido estruendo de los astilleros rompen mi sueño.

Tras haberme acostado a las ocho, me levanto a las diez, muerto de sed; como áun es pronto, bajo al muelle a buscar hielo y cerveza.

 

Me levanto a las seis, sin nada de sueño. Ni un soplo de viento. Si acaso, una disminución de calor tras el agobio y el ahogo de la noche.

Mi habitación, en la esquina del hotel, da a la terraza alta, frente a la ciudad, y domina el puerto. Por encima del mar, al pie del cielo, una bruma espesa y alta, de vapor, oculta la salida del sol; diríase calor coagulado.

Hay siroco. Ahogo. Descalzo  sobre la terraza; las baldosas están calientes. Todo está apagado, los blancos más delicados están marchitos. Se presiente que, en cuanto flanquee la barrera de bruma, el sol va a provocar un calor espectacular. Y, de un salto, el sol la flanquea.

El mercado esta mañana; ya no al aire libre, ¡lástima!, sino cubierto. Frutos de color vivo, tomates y berenjenas, y frutos-raíces maravillosos, color arcilla y piel, que hay que resignarse a reconocer y designar como patatas.

Baño moro; el mismo baño donde, due anni fa, Ghéon vino a buscarme encolerizado. ¡Cómo llovía! ¡Qué bueno hace! — Pero los clientes, ¡ay!, han cambiado; todo me parece menos nuevo; y yo, menos joven.

 

En Mustapha, en busca de una habitación. Visito todo, lo miro todo. Antes de llegar, pensaba: no importa qué cama, no importa dónde; y todo me parecía posible; — comienzo a no creerme ya posible en ningún lado.

¡Y las moscas!

Bajar a continuación hasta el Jardín Botánico; atravesarlo a toda velocidad; correr hasta la playa... ¡Ah, bañarse!...

Agua templada; viva respiración; quietud; languidez.

Jardín Botánico por la tarde. Paseo de bambúes ya oscuro... Me he paseado por él al anochecer, cuando, en la avenida de los plátanos, casi ya no se distinguía el espeso envolvimiento de las lianas del tronco de los árboles...Regreso al Gruber, donde escribo esto. Me dispongo a dormir.

Pero al menos he visto, gigantes, las campanillas de que me hablabas. Tallos volubles, flores violeta-púrpura o más pálidas, siempre de cara, ¡su color frío puede hacerte perder la cabeza!...

Longanas gigantes; adelfas; hibiscos, follaje verde glaseado y flor carmesí. — Dormir.

 

 

Sábado.

 

Treinta y nueve grados a la sombra. No ha llovido desde hace seis meses.

Lo extraño, lo extenuante, es que hace más calor por la noche que por el día. Pues, por el día, aunque haya sol, hay sombra, y por momentos refresca un soplo de aire. Pero a partir de las seis de la tarde, cesa el viento, y se establece un calor plano y oscuro. Todo da sed. Apetece bañarse, beber. Uno se dice: esta noche no podré dormir; y sale a airearse. Hasta el cielo es impuro; no se prepara tormenta, y las empañaduras de calor obligan a pensar, más allá del Sahel favorable, en el enorme continente en brasas.

Bebo; ¡bebo! ¡¡Cómo bebo!!

Sudo; ¡sudo! ¡¡¡Cómo sudo!!!

Pienso en los oasis agostados... ¡Iré allí! — ¡Oh, tardes confusas y apagadas sobre sus palmas!

Todavía no he podido descubrir de dónde subía o bajaba el olor a sándalos que flota bajo las ramas de la plaza, os envuelve y os colma.

Una hora antes de ponerse el sol, los invisibles pájaros de la higuera de la plaza comienzan un piar tan fuerte que todo el árbol se embriaga con  él.

 

 

17 de octubre, sábado.

 

El movimiento del puerto no se detiene un momento en toda la noche. La terraza de mi habitación da encima, y toda la noche sin sueño escucho la llamada de los descargadores, el golpear de los fardos, los silbidos y, sobre todo, la insoportable trepidación de la grúa.

Por la mañana iré en busca de aire puro y fresco a la montaña; a las seis salgo para Tizi-Ouzou.

Me despierto a las cinco, todavía de noche. El cielo, uniformemente gris, promete calor.

La nube de calor está tan baja que desde el Jardín Botánico ya no se ve la ciudad alta.

Estoy ante la playa de oro en que me bañé ayer. ¡Oh, qué refrescante sería ahora el mar! Junto a la orilla, la agitación de las olas y como la respiración del mar...

El vagón de tercera clase parece una leprosería. En una esquina, un montón de harapos: se abren al pasar el empleado, y dentro se distingue un rostro inimaginablemente cubierto de pústulas; el revisor no insiste. — Un poco más allá, vomita un árabe.

 

 

Feria en Tizi-Ouzou

 

Torrentes de polvo en la carretera. Vendedores de montoncitos de higos al borde de los higuerales. Vendedores de melones y sandías. Animación extraordinaria, que solo he visto igual en Bretaña, camino de Sainte-Anne, un día de romería.

Multitud. Todos parecen exactamente de la misma clase social. Los únicos bien parecidos, Ali y Said; pero hasta su belleza se funde en la homogénea muchedumbre.Está claro que Said me reconoce, pero no lo muestra lo más mínimo. Guiado por Alí, lo encuentro en el corazón del mercado. Como su hermano Alí, lleva el enorme y puntiagudo sombrero cabileño sobre su turbante, o en la nuca, caído sobre los hombros. Said se ha estirado mucho, tiene los ojos más bellos del mundo, los rasgos duros, la boca cruel y burlona y aspecto poco franco. La marcha ha ensanchado y desennoblecido sus delicados pies de bailarín; no habrían debido hollar sino césped o alfombras.

Akli, el padre, que lleva unas gafas azules, tiene cada vez más el aspecto de un quebrantahuesos, o de alguien que os hubiera desvalijado. Tomamos té. Dejo a Akli con Said, y me voy con Ali, que quiere mostrarme su casa.

Entramos en una habitación cuadrada, sin muebles. Un cordero bala en una esquina. La mujer de Ali, una niña de dieciséis años, tal vez menos, da el pecho sentada en el suelo a un niño enfermizo. Ante la puerta, la madre de Ali amamanta al menor de sus hijos. En esta reducida morada conviven tres generaciones. Aparecen más niños, hermanos, hermanas, primas... Me ofrecen pestiños bañados en miel.

 

 

Camino de Fort-National

 

Borricos cargados, montados a veces por un árabe viejo; son grises, de miembros enjutos, y, al pasar, comisquean lo que encuentran por el suelo: bellotas y boñigas. Vacas diminutas y grises, también de miembros enjutos... El coche lo barre todo; pasamos.

Hermosos árboles; algunos completamente cubiertos de pámpanos. El terreno desciende; ellos se estiran; nada los sostiene en el azur.

Están cosechando las uvas. Si todavía colgara de la rama una granada, ¡tengo sed!

 

He hecho esta larga subida casi toda a pie y por atajos; es preciosa. Pero hubiera deseado menos intolerablemente acre ese trozo de granada silvestre que quité al granado. Se había abierto con el calor y mostraba sus granos casi blancos.. Aunque era jugosa, comprendí que la sed de los árabes la hubiera pasado por alto. A pesar de su ferocidad, puede distinguirse el perfume del fruto, pero necesitaría un cultivo lento que lo hiciera más dulce, suave y atemperado. No obstante, me obstiné, mordí otra vez y guardé mucho tiempo en las encías y en los labios la sensación de una astringencia aromática y como un sabroso calambre.

 

 

Fort National. Domingo.

 

Esta mañana, al despertar, la misma niebla que el año pasado. ¡Qué alivio, después del exceso de sol! Me embebo voluptuosamente.

 

En cuanto disminuyen los ruidos de alrededor, se escuchan voces de un lejano pueblo. Acabo de volver de allí. Parecía habitado solo por las cabras. Está en lo alto de una roca y tiene una sola calle en la cresta; a la entrada de las casas, la mirada, tras franquear el patio, se hunde en el vacío. Las paredes están encaladas; los tejados, color de pasas. Los hombres son feos: las mujeres, extremadamente bellas. Me sigue todo un ejército de niños. —Esta tarde, ¡qué fresco es el aire! ¡Qué agradable vivir! ¡Qué maravilloso el azul del cielo! Una visible humedad te llena de contento. ¿A qué es a lo que todo sonríe? ¿Por qué esta tarde todo parece tan feliz como yo?

 

No es el otoño el que despoja de su frondosidad a estos árboles ya crecidos. La hierba no basta para alimentar el ganado, y lo paga el follaje. Eso es lo que pacen aquí vacas, cabras, burros y bueyes; la mano del cabileño se encarga de hacer descender a su altura este aéreo pasto.

Recuerdo a un esbelto pastor que, en las huertas de El-Kantara, desde lo alto de un enorme albaricoquero hacía llover las hojas para su rebaño. Ya coloreadas por el otoño, caían con solo agitar la rama. — Era como un chaparrón de oro que durante un instante cubría el suelo, y que las cabras secaban incontinenti.

 

Quisiera permanecer aún uno o dos días en este lugar; pero, aunque viviera aquí treinta años, no encontraría nada más que decir; pintoresco y a propósito para una novela de aventuras, no es para pintarlo, sino para describirlo o contarlo. Tal vez en eso yo sea más moral; pero no valgo nada como artista.

 

 

 

Lunes

 

Por la mañana hay neblina y llueve; los árabes se cubren con sacos. Luego, la nube se desgarra bajo la presión de una sobreabundancia de azur. Y la calle, que forma como una plaza, las terrazas y los balcones se llenan de una animación idílica y risueña.

Unas acacias bordean la plaza; luego, la brusca pendiente no deja ver nada más que la montaña que está enfrente, a lo lejos. — Estos niños ociosos no son nada guapos, pero rebosan de gracia. Sopla suave un deleitoso frescor. — La sombra se instala sobre las cimas del Djurdjura.

 

Ayer, después de cenar, salí demasiado tarde; la ciudad árabe ya estaba muerta. Los cuatro o cinco cafés franceses, demasiado iluminados, rompían indecentemente la noche. Cogí la escalera suspecta que, por detrás de ellos, conduce a la parte alta de la ciudad. Las tiendas judías están cerradas; todo está oscuro, tan solo hay un quinqué en lo alto de la escalera. Me siento en unas tablas, a manera de banco,  y nada más sentarme escucho a la vuelta de la calle el rasguear de la guitarra árabe. Hay un café moro; ahora percibo su tenue claridad en medio de la noche; apenas sí consigue expulsar la noche, como tampoco el sonido discreto de la guzla aleja el silencio. — ¿Me acercaré? — Para ver qué: un local miserable, doce árabes tumbados, un músico muy probablemente sin atractivo... Permanezcamos. Que la noche entre en mí y se insinúe con la música... Un árabe sale del café, avanza hacia mí y me cree borracho; y en verdad lo estoy.

 

 

Lunes por la tarde

 

Regreso a Argel.

 

 

Argel, martes.

 

¡Qué buen día! Ni una nube en el cielo. El mar está en calma; invita a viajar. El siroco, bruscamente, ha cesado; y con él, el calor. Hace calor, pero ya no es tan agobiante. La sombra es azulada y ligera, y el aire parece llevar en sí la claridad; es delicioso, sutil y casi vivo; diríase que es hilarante. — Pienso en los oasis... Salgo mañana. ¡Qué hermoso será el balanceo de sus palmas al atardecer! No volvere a pensar más en el pasado...

 

Me tentó el color indefinible de las uvas; no pude dejar de comprarlas. Por tres perras, tuve un racimo enorme.

Nada podrá explicar el tono del racimo; era a la vez violeta y dorado; era transparente y parecía opaco; los granos no estaban nada aplastados, cubiertos de una espesa capa de polvo que se adhería a los dedos, crujientes, sonoros, casi duros — tan dulces que solo pude comer cuatro y di el resto a los niños.